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Ella no estará en Nochebuena

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

El recuerdo

Mamá estaba muy enferma desde hacía más de un año. La noche del 26 de agosto mi padre me llamó por teléfono para decirme que se había puesto mal. Corrimos mi esposa y yo a su casa y allí la encontramos, sentada en su sillón, en estado de semiinconsciencia.

Me arrodillé frente a ella y traté de reanimarla. Un par de veces abrió los ojos pero se notaba que no me veía.

Mientras esperábamos la ambulancia me quedé mirando con tristeza ese rostro incoloro marcado ya por la muerte, y, no sé por qué, vino a mi memoria un episodio de mi niñez, cuando yo apenas tenía poco más de dos años de edad.

Una noche de 1944 volvíamos a nuestra casa de la calle Guido 1841 de Mar del Plata. Cuando llegamos, mamá abrió su cartera e hizo una exclamación de sobresalto: ¡no tenía la llave del portón!

La calle estaba oscura, no había luz en las casas vecinas y a media cuadra titilaba apenas el pálido foco de la esquina. Sólo se oían el rumor de una brisa cálida y los cascos lejanos de un caballo que arrastraba un carro por el empedrado. Sentí miedo cuando mamá dijo que no podríamos entrar a casa. Pero ella me tranquilizó enseguida: “No importa ─me dijo ocultando su nerviosismo─, es una linda noche, no hace nada de frío. Nos vamos a quedar aquí sentaditos, en este escalón, hasta que venga papá”.

fotoabuela

Esta es mi madre, América Antonia Figueras. El chiquito soy yo, aunque cueste creerlo.

Mi padre trabajaba en la usina eléctrica y regresaba a eso de la una de la madrugada. Serían las diez, quizás las once. No se veía ningún movimiento en la cuadra. Presumo que estábamos en diciembre porque mamá trató de ahuyentar mis temores hablándome de la próxima Navidad.

─Mañana me vas a acompañar a hacer las compras para Nochebuena. Vamos a comprar cosas ricas, nueces, turrones, un budín… ah, y orejones de pera, que a vos te gustan tanto.

─¿Y los Reyes Magos?─ recuerdo  haber preguntado (En ese tiempo los chicos sólo recibían regalos la noche de Reyes).

─Falta poquito para los Reyes. Primero festejamos la Navidad, después viene Año Nuevo y a la otra semana ponés los zapatitos en la ventana y te van a traer muchos juguetes.

─¡Quiero un trompo silbador, y una guitarra… y también una barrera de tren!

─Cierto, la barrera… Pero te la va a hacer el abuelo, igualita a la de verdad. Va a estar también para Reyes.

No sé durante cuánto tiempo pudimos haber permanecido sentados en los dos grandes escalones del viejo caserón. Mamá me habló largamente de la Navidad, me contó el Nacimiento de Jesús en una gruta de Belén, los animalitos que lo vieron nacer, los asustados pastores que se acercaron con sus ovejitas y finalmente la majestuosa llegada de los Magos de Oriente. Fue tan fascinante su relato en medio de aquella opresiva oscuridad, que desde entonces siempre me he sentido hondamente conmovido ante la proximidad de una nueva Navidad.

Hoy me doy cuenta de que mamá trataba de serenarme hablándome en tono despreocupado, haciéndome bromas y procurando envolverme en la magia de la Navidad para que el miedo no se apoderara de mí. Y lo había logrado. Me sentía seguro y feliz con ella.

En eso mi madre se recostó sobre el portón y… ¡oh, sorpresa! se entreabrió pesadamente con un gemido de bisagras. Entramos aliviados a casa, atravesamos el patio cubierto por una parra pergolada y subimos rápidamente por la empinada escalera a nuestro modesto departamento de la planta alta.

Al día siguiente mi madre le comentaba el episodio a una vecina: “¡La puerta estaba cerrada con llave, no la pude abrir, y luego se abrió sola! ¡Fue un milagro de Dios!”.

Casa de Guido001

Esta es la casa de Guido. El portón mencionado en el relato es el de la derecha. Nosotros vivíamos en la planta alta. La casa se conserva casi igual, aunque con alguna modificaciones.

Y aunque cueste creerlo, porque yo tenía, como dije, menos de tres años, en ese momento me di cuenta, y nunca lo olvidé, que mi pobre madre había estado asustadísima, casi aterrada, sola conmigo en esa calle solitaria cargada de sombras amenazantes, aunque había hecho todo lo posible para no contagiarme su temor.

 

El adiós

La internamos. Esa noche nos quedamos mi padre y yo junto a ella. Dormía serenamente. De pronto tuvo un instante de lucidez. ¡Cuánto le agradezco a Dios que me haya dado ese último contacto con ella! Fueron unos pocos segundos que alteraron la monotonía de la vigilia. Abrió los ojos y al verme me sonrió como en sus mejores momentos. Pude ver en lo profundo de esa mirada, a la mujer joven y linda que me había protegido con su ternura y su inteligencia aquella distante noche de 1944.

Pero esta vez fui yo quién disimuló su angustia, y con una sonrisa y algunos ademanes exagerados (no le podía hablar por su sordera) pude quizás devolverle, en el final de su vida, aquel regalo invalorable que ella me había hecho cincuenta años atrás en el comienzo de la mía: “Todo está bien, mamá ─le di a entender fingiendo jovialidad─ no te preocupes y descansá”. Ella siempre creyó en todo cuanto yo le decía; jamás habría dudado de una afirmación mía. Si yo le decía que todo estaba bien, era porque todo estaba bien. Y se durmió, pobrecita, confiada, tranquila.

Al día siguiente tuvo alguna fugaz mejoría pero ya al atardecer entró en coma y esa misma noche falleció. Su vida se apagó suavemente, sin sufrimiento.

 

Ausencia en Navidad

Transcurrieron tres meses casi sin darme cuenta, y de pronto ya estábamos en los primeros días de diciembre. Una nueva Navidad estaba encima y yo aún no terminaba de aceptar la pérdida de mi madre.

Por primera vez en mi vida miraba casi con rencor los adornos navideños de las vidrieras. ¿Cómo sentir la ilusión de la Navidad sin la presencia de mamá? Ella había sido siempre la figura central de esa festividad. Año tras año, ya para noviembre, yo le regalaba, como un ritual amoroso, unos adornitos especialmente elegidos y comprados para ella. Y cada 8 de diciembre mamá armaba el arbolito y yo ─siendo ya un cincuentón─ iba al otro día a su casa a contemplarlo embobado como cuando era niño. Con esas inocentes ceremonias inaugurábamos todos los años algo así como una nueva temporada navideña familiar que habría de culminar con la cena de Nochebuena.

Pero ahora me oprimía su ausencia. Me sentía afligido, desconcertado. Temía no poder soportar sin ella la inevitable reunión familiar. Quería huir de la ciudad, estar solo, esconderme durante la temida noche del 24. “¡Ella no estará en Nochebuena!”, era el pensamiento recurrente, obsesivo, que me golpeaba a toda hora. Pero a la vez me repetía que Navidad es una festividad religiosa y que nadie podía apartarla de su vida, ignorarla, dejarla pasar por alto. No sabía qué hacer…

 

El reencuentro

Una de esas noches de diciembre caminé solitariamente por el centro y, siendo ya bastante tarde, tuvo el irresistible impulso de pasar por la casona de la calle Guido que todavía se conservaba.

Encontré todo muy familiar porque hasta las casas vecinas son las mismas. Me acerqué lentamente al rústico portón, y viendo que no había nadie cerca, me senté en el segundo de los voluminosos escalones de acceso, en el lugar exacto donde recordaba haberlo hecho junto a mi madre medio siglo atrás.

Permanecí allí largo tiempo. Me fui ensimismando hasta que el mundo exterior desapareció. Experimentaba una inédita sensación de intemporalidad; sentía que no había diferencia entre el corazón sensible de aquel chico remoto y el hombre maduro, casi viejo, que soy ahora.

Fui cayendo lentamente en una profunda melancolía. Hasta que ocurrió lo extraordinario.

Fue un instante muy efímero, casi como en un sueño; me costó aceptarlo en ese momento y seguramente nadie me lo creerá ahora, pero supe de pronto que ella estaba allí, sentada a mi lado. No me atreví a volver mi cabeza para mirarla, pero tuve la percepción indubitable de su presencia, silenciosa, sonriente, observándome con ternura. Ines­peradas lágrimas deformaron poco a poco los umbrosos contornos de las casas de enfrente. Las lágrimas se transformaron en estremecidos sollozos. Ella, indulgente y protectora, seguía a mi lado y me dejó desahogar mi largamente contenida congoja, hasta que poco a poco me fui tranquilizando.

Hubo un raro instante de quietud y expectativa. El chico ya no estaba, era otra vez yo, con mis cincuenta y tres años. Las casas de enfrente recuperaron sus nítidos perfiles. Entonces, mágicamente, llegó a mi espíritu conturbado la respuesta que ansiaba acerca de la Navidad sin mamá, una respuesta elemental, demasiado simple, pero que sin embargo me había faltado antes de ese maravilloso reencuentro:

¡Claro! Si nuestros muertos están con Jesús disfrutando de su grandiosa compañía; si ya se han librado del sufrimiento, y todo es para ellos regocijo y paz celestial, ¿cómo los vivos no habremos de celebrar la llegada a este mundo de quien en las alturas ilumina con su presencia radiante la vida eterna de esos seres queridos que no estarán en la mesa de Nochebuena?

Cuando el chirrido de bisagras me avisó que el viejo portón se estaba abriendo pesadamente, tuve el impulso de darme vuelta y entrar a la casa de la mano de mi madre. Pero fue sólo un segundo. Enseguida me levanté y me alejé del lugar sin mirar atrás. Sonreí con alivio: ha­bía recuperado la ilusión de la Navidad.
 Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet
sin la expresa autorización del autor

Publicado en:

La Capital
de Mar del Plata,
Diciembre de 1995
Libro Cuentos de Navidad (Editorial Dunken, 2001)

 

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