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Él volverá en Navidad

Él volverá en Navidad

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

La casa, ahora deshabitada, está frente a la plaza, rodeada de terrenos baldíos y altos pastizales. Allí vivió Sara, la maestra jubilada que enseñó a casi todos en ese pequeño pueblo. La vieron por última vez el 24 de diciembre de 1992. Durante los días anteriores se había repetido lo de todos los años para esa fecha: los chicos la visitaban en pequeños grupos para que los convidara con golosinas y les contara una vez más la misma fascinante historia.

─¿Creé que esta Navidad sucederá, doña Sara?

─Sí, seguro, él volverá para Nochebuena ─había respondido la maestra con su amorosa simpatía por los niños.

Hacía ya diez años que su esposo la había abandonado en circunstancias poco claras. Fue en la víspera de la Navidad de 1982: se había ido de la casa dejándole una escueta nota que decía “Sarita: no te preocupes por mí, no me ha sucedido nada, simplemente me voy de casa y del pueblo, adiós. Augusto”

Fue como si un camión le pasara por encima a la pobre Sara. Ya estaba jubilada, no tenía hijos y su única hermana vivía en Buenos Aires.

Todos en el pueblo quedaron conmocionados y trataron de ayudar y reconfortar a Sara, pero como pasaban los meses y don Augusto no aparecía, comenzaron a murmurar suspicacias. ¿Había otra mujer? ¿Quizás la bondadosa Sara era insoportable en la intimidad de la convivencia?

Pero Sara afirmaba que su esposo la amaba y que su partida había sido provocada por factores extraordinarios. En la comisaría declaró que sospechaba de ciertos sectarios de los que su esposo se había hecho amigo. Pero todos se mostraron escépticos porque nadie en el pueblo había visto a esos misteriosos visitantes.

La parte más sorprendente de la historia ─y que ella reservaba sólo para los niños “porque son sensibles y puros”, decía─ era la aparición de la Virgen. A los chicos les encantaba oír ese episodio al que Sara le agregaba cada año nuevos diálogos y sorprendentes matices.

¡Qué imprudencia la de Augusto!, les contaba. Cuando aquellos extraños señores lo visitaron y le hablaron de no sé qué cambios para la humanidad, él, en lugar de sacárselos de encima, sintió curiosidad y los escuchó largamente. Augusto era un buen hombre, pero tenía una debilidad: le gustaba conversar con todo el mundo, aunque se tratara de desconocidos. Yo se lo advertí: estas personas no me gustan, no las atiendas más. Además nosotros somos católicos, ¿les dijiste que somos católicos? Sí, Sara, sí, me contestaba Augusto con su infinita paciencia, ya se los dije, pero igual insisten en hacerme conocer su cosmología. Te digo Sara que es muy interesante lo que predican. Vos sabés que yo soy un tipo abierto, me gusta escuchar las ideas de todo el mundo. ¿Qué mal pueden hacernos? Y así se fue metiendo, se fue metiendo… Empezó a frecuentar las reuniones que se hacían en una quinta de Villa Cáceres. Se pasaba los sábados allí. Cuando regresaba no decía una palabra. ¡Él que era tan conversador!

─¿Y nunca le dijo que pensaba irse con esa gente? ─preguntó una de las niñas.

─Nunca. Pero en los días anteriores a la Navidad de 1982 lo vi muy inquieto y raro. ¿Qué te pasa, Augusto?, le pregunté preocupada. Nada, nada, me contestó secamente. El 24 de diciembre por la mañana sacó el auto y me dijo que iba hasta el correo. Cuando voy a la cocina me encuentro la nota sobre la mesa. Se había llevado algo de ropa y la mitad del dinero que teníamos ahorrado.

─¿Y no lo buscó, doña Sara?

─¡Que si lo busqué…! Ya lo creo que lo busqué, por todos lados. Lo primero que hice fue tomarme el micro hasta Villa Cáceres para encontrar a los responsables de la secta. Pero ¿quieren creer que allí nadie los conocía? Creo que los lugareños estaban asustados… También los busqué con mi hermana en Buenos Aires, pero fue inútil.

─Cuéntenos lo de la Virgen, doña Sara.

─Ah, eso sí que fue maravilloso. Hacía ya dos años que el pobre Augusto había desaparecido. En el pueblo todos me habían apoyado, pero claro, a los dos años ya querían olvidarse un poco del asunto. Cuando noté que la gente empezaba a esquivarme no hablé nunca más sobre Augusto; con nadie, ¿eh?, ¡jamás!, excepto, claro, con los chicos como ustedes que vienen a visitarme. Si hasta el padre Alfredo se impacientaba cuando me veía aparecer por la parroquia. Rece, Sara, rece, me decía, con la oración todo se resuelve. Y así lo hice. Todas las noches le rezaba a la Virgen para pedirle un milagro de Navidad, porque yo siempre he creído en los milagros de Navidad, ¿saben? Hasta que una noche, mientras oraba, me sobresalto al percibir un halo luminoso. Levanto la cabeza y me la veo… ahí mismo, vean chicos, ahí…, parada al lado de esa cómoda. Tenía un manto celeste y una diadema de estrellas. ¡Si vieran que hermosa y dulce es!

Los chicos, transportados por el encanto del relato, quedaron mirando arrobados el oscuro rincón del dormitorio como si ellos también vieran a la Virgen. Con los ojos grandes y las caritas iluminadas de asombro, le preguntaron:

─¿Y qué le dijo, doña Sara?

─Que no me afligiera, que Augusto estaba en Europa, retenido por las potencias del mal, pero que si yo conservaba mi fe en Dios finalmente lograría liberarse y regresaría a casa. ¿Cuándo va a suceder?, le pregunté ansiosa. Y me contestó la Virgencita: “Él se fue en Navidad; él volverá en Navidad, antes de que pasen ocho años”.

─¡Ocho años! ─exclamó Malena, la más chiquita del grupo.

─Sí, ocho años que se cumplen esta Navidad. Lo esperé en las últimas siete Navidades, pero ésta es la octava. Por eso adorné la casa como nunca. ¿Vieron las luces que hice instalar en el alero? ¿Y el arbolito? ¿Qué les parece? ¿No está hermoso?

Esto sucedía en la segunda semana de diciembre de 1992. Sara estaba por cumplir sesenta y cinco años. Aunque ella contaba estas cosas solamente a los niños, en el pueblo todos conocían esa historia inverosímil y se sentían apenados por la pobre maestra. ¡Cómo se ha desquiciado esta mujer! ¡Qué sinvergüenza, ese Augusto, hacerle esto a la bondadosa Sara! Si se fue con otra mujer ¿por qué no se lo dijo de frente? Sí, muy simpático, muy conversador, pero cómo le gustaba seducir a las mujeres con su charla. No daba puntada sin hilo el muy pillo. Debe de estar divirtiéndose por ahí.

Sara estaba al tanto de estas habladurías porque los mismos chicos inocentemente se las repetían. Se sentía lastimada por aquellos adultos que una vez habían sido sus pequeños alumnos, pero comprendía que era lógico que pensaran así de un hombre que desaparece repentinamente de su casa. Trataba de perdonarlos y disfrutaba imaginando las caras de aquellos chismosos cuando lo vieran a Augusto caminando otra vez junto a ella por la calle comercial.

Llegó el 24 de diciembre. Durante el día la vieron a Sara en la peluquería y haciendo compras. Por la noche se maquilló y se puso un vestido nuevo. Había preparado la comida navideña predilecta de Augusto: pavita a la californiana con salsa de ciruelas. Encendió todas las luces ornamentales y la casa quedó constelada de estrellitas blancas. El abeto saludaba desde la ventana con sus desordenados guiños, y en la puerta, la corona de acebo con campanitas doradas y cintas rojas anticipaba la bienvenida al dueño de casa.

Cuando se hicieron las diez de la noche las calles del pueblo quedaron desiertas. Asomose Sara a la vereda, contempló las blancas guirnaldas de las casas que rodean la plaza y sintió una ligera congoja cuando la brisa le trajo el sonido distante de las voces y risas de las familias que se iban reuniendo para festejar la Nochebuena.

Entró en la casa silenciosa, encendió las velas, puso el viejo long play de música Navideña de Waldo de los Ríos y acomodó sobre la repisa de la chimenea los dos regalos envueltos en papel con angelitos y estrellas de Belén que había comprado esa tarde para Augusto: unos pantalones de trabajo y unos guantes de jardinero. La música comenzó suave con La canción del tamborilero. ¿Qué le regalaría Augusto? ¿Se acordaría del álbum grande que Sara le había pedido hacía diez años para ordenar todas esas fotografías de fin de curso en las que ella ─casi una niña en las de color sepia, joven y bonita en otras, y ya mayor en las de los últimos años─ posaba orgullosa con sus amados alumnos?

¿Qué fue eso? ¿La puerta de un auto? Eran cerca de las once. Las fotos. Sí, tenía como cincuenta. ¿Pasos en la vereda? Qué hermosa esta versión de Escuchad: cantan los ángeles. El volumen está un poco alto, no oigo… Cómo se juntan las fotografías, y una las va olvidando… Un sonido vagamente familiar, como de unas llaves que se introducen en la cerradura.

─¿Augusto…? ─musitó apenas, desbordada por la emoción.

 

Esa Nochebuena en muchas casas del pueblo
se habló de Sara. Los niños contaban con entusiasmo que la maestra esperaba a Augusto esa misma noche, y los mayores, para no contrariarlos, evitaban comentarios y se miraban entre sí con expresión melancólica. “Pobre señorita Sara… ─comentaban por lo bajo─, qué sola está”.

Al otro día algunos vecinos se llegaron hasta la casa de Sara para saludarla y desearle feliz Navidad. Nadie contestó al llamado. Sobre la puerta de entrada, debajo de la corona de acebo, descubrieron un pequeño papel fijado con cinta adhesiva con un mensaje escrito con letra pequeña y caligrafía perfecta que decía: “Amigos: no se preocupen por nosotros, no nos sucedió nada, simplemente nos fuimos de casa y del pueblo, adiós. Sara y Augusto”. 

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet
sin la  expresa autorización del autor.


Publicado en:

Diario La Capital de Mar del Plata
Diciembre de 1999
Libro Cuentos de Navidad (Editorial Dunken, 2001)

 

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