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El mercado, un proceso fantástico

El mercado, un proceso fantástico

Ensayo de Enrique Arenz sobre la doctrina liberal

 

Capítulo 7º

 

El hombre es el único ser viviente que practica el intercambio con sus semejantes, tendencia que, según ya lo hemos analizado, no tiene otra finalidad que la de satisfacer sus personales deseos y necesidades. A nadie interesa realizar intercambios “igualitarios” ya que ninguna ventaja obtendría con ellos. Tan sólo la perspectiva de lograr una ganancia impulsa a los hombres a practicar esa inteligente y antigua forma de cooperación social. Cambiar algo que se posee por algo que se prefiere se traduce siempre en la obtención de un beneficio para las dos partes intervinientes. El lucro, pues, es la fuerza impulsora de los cambios interpersonales.

Imaginemos una economía primitiva donde se producen intercambios aislados. Un campesino, por ejemplo, que fabrica exclusivamente manteca y quesos intercambiará los excedentes  de su producción por los excedentes de sus dos vecinos: uno que produce aves y huevos y otro que produce cereales. Es evidente que os tres ganan porque cada uno entrega unidades marginales de su producción a cambio de las mercaderías producidas por los otros dos, las cuales le son mucho más necesarias que los excedentes propios. Intercambian algo que tienen por algo que necesitan, algo que (según la opinión subjetiva de cada uno) vale menos por algo que vale más. Por lo tanto los tres lucran con el intercambio voluntario.

Tengamos en cuenta que para que este mutuo beneficio fuera posible, cada parte debió especializarse en un oficio distinto al de sus vecinos. Esto es lo que se llama la división del trabajo. A ninguno de ellos le habría resultado ventajoso tratar de producir todos los bienes necesarios procurando el autoabastecimiento porque los esfuerzos capitales disponibles son siempre mejor aprovechados en aquellas actividades para las cuales se poseen mayores conocimientos y aptitudes. Si uno es un buen ebanista pero un mediocre lustrador, de muy poco le vale ejercer los dos oficios. Puede hacerlo si lo desea, pero la razón le dirá que le conviene dedicar todo su tiempo a fabricar muebles y mandarlos luego a lustrar por otro. Un arquitecto podría colocar ladrillos en sus propias obras y ahorrarse el salario de un albañil, pero su tiempo y sus energías son mejor aprovechados haciendo proyectos y cálculos frente a la computadora. Sus ganancias serán mucho mayores si hace su trabajo intelectual y deja que los artesanos construyan la obra bajo su dirección. Es precisamente este concepto irrefutable de la conveniencia de la división del trabajo lo que impulsa a los hombres a intercambiar sus propias energías creadoras por las de los demás.

Cuando no hay inhibiciones sociales y las actividades humanas se desenvuelven en un clima de libertad económica cada persona tiende a producir más y mejor. Tanto más y mejor cuanto más libre se sienta. Los individuos mejorarán especializándose en lo suyo y llegan a ser altamente eficientes en aquello para lo cual tienen más talento o vocación.

Los tres campesinos del ejemplo, dedicándose cada cual a producir solamente aquello con lo cual obtienen un mayor rendimiento, salen ganando al intercambiar voluntariamente sus excedentes entre sí.

 

Qué es el mercado

El ejemplo anterior es puramente teórico y sólo podría hallarse en las economías muy primitivas. Ahora bien, en la medida en que se ha ido desarrollando la cultura de los pueblos y la división del trabajo ha multiplicado casi hasta el infinito la diversidad de oficios y especializaciones, en tanto la correlativa acumulación de capitales y descubrimientos científicos crean mayores posibilidades y recursos para satisfacer nuevos y cada vez más exigentes deseos y necesidades humanas, los intercambios de bienes y servicios se vuelven más y más complejos.

Se conforma así esa maravillosa abstracción que llamamos Mercado en la cual todas las acciones individuales se interconectan entre sí hasta el punto en que cualquier acto de intercambio por insignificante que parezca, constituye un factor de alteración del conjunto social cuyos integrantes deben readaptar sus planes y acciones personales en armónica respuesta a ese estímulo unipersonal. Es muy raro en el mundo moderno que un intercambio afecte solamente a dos personas.

Veamos un ejemplo. Dos amigos se encuentran una mañana en la calle y esta casual circunstancia altera súbitamente los planes inmediatos de ambos. El espontáneo deseo de aprovechar ese grato encuentro para charlar unos minutos posterga toda otra prioridad en las respectivas escalas de valores de los dos protagonistas. Nada puede ser ahora más grato  e importante que compartir ese inesperado momento.

Hasta aquí todo se ha limitado a meros intercambios afectivos. Nada de todo esto influye sobre la indiferente sociedad. Pero de pronto uno de ellos propone tomar un café en algún bar cercano. El otro acepta encantado. Echan un vistazo a su alrededor y eligen entre las tres o cuatro confiterías cercanas. Sin mencionarlo, descartan una de ellas por demasiado cara y lujosa, y a otra por tener mal aspecto. Rápidamente se deciden por un barcito que reúne las condiciones adecuadas para la ocasión.

A partir de este momento la sensibilidad del mercado recibe una señal semejante a un impulso eléctrico que recorre vertiginosamente el laberíntico circuito social. La acción de estas dos personas provoca una repentina alteración en la asignación de los escasos recursos económicos e influye inesperadamente sobre la producción de bienes y servicios y sobre las futuras decisiones de miles de personas a quienes jamás conocerán.

A partir de esta sorpresiva e inconsulta decisión de ir a tomar un café, la sociedad deberá revisar su información y adaptar sus planes. Tal es la consecuencia del indisoluble encadenamiento de todas las acciones económicas que conforman la trama del mercado.

En primer lugar, el dinero gastado en los dos cafés no podrá ser empleado en ningún otro consumo; y como los recursos son necesariamente limitados, el invitante (que ha modificado su escala de valores prefiriendo ahora pagar los dos cafés antes que satisfacer cualquier otro deseo) se verá obligado a suprimir o postergar la compra de otros bienes cuya valoración era prioritariamente dominante segundos antes de doblar la esquina y tropezar con el amigo.

La elección del lugar también ha implicado una reasignación de recursos, dado que el establecimiento favorecido podrá destinar el ingreso adicional a la cancelación de deudas con sus proveedores, obteniendo así descuentos y ampliación de su crédito. Los proveedores beneficiados, al mismo tiempo, podrán quizás reparar sus vehículos, ofrecer mejoras a sus buenos vendedores para evitar se los dispute la competencia, y realizar inversiones que favorezcan las ventas y atraigan nuevos clientes. La descarga eléctrica sigue recorriendo los laberintos del mercado provocando reacciones en los fabricantes de equipamientos (máquinas de café, heladeras, cajas registradoras, equipos de aire acondicionado, etc.). Pero la secuela del estímulo llegará aun más lejos: influirá sobre diseñadores, técnicos, obreros, publicistas, promotores y medios de comunicación social, sobre los mineros que producen el hierro y el carbón con los que se fabrica el acero empleado en la lavadora de pocillos, sobre los ceramistas que hacen los pocillos y sobre los fabricantes de licores, sobre los ingenieros y refinerías de caña de azúcar y sobre millones de personas que viven de los ferrocarriles que transportan todos estos bienes económicos, sobre las compañías de seguro que compiten entre sí ofreciendo mejores coberturas de riesgos, sobre los agricultores que proveen los alimentos a todos ellos, sobre los médicos y enfermeras que cuidan su salud, sobre los ingenieros y constructores que edifican sus viviendas y sobre los músicos, artistas y deportistas que los divierten. Multitud incalculable de personas (es imposible imaginar dónde se diluyen las vibraciones del impulso inicial, semejantes a las ondas de radio) recibe la influencia de esa aparentemente nimia decisión unipersonal de abstenerse de cierto consumo para invitar a un amigo a tomar un café. Pero al mismo tiempo, la reacción de esas miles de personas influirá de igual manera sobre todas las demás, generándose un entrelazamiento de acciones y reacciones recíprocas, cambiantes e impredecibles que, en asombrosa armonía, constituyen la energía vital de nuestra sociedad occidental.

Desde el mozo que sirvió los dos cafés, hasta el modesto ayudante que lavó los pisos de la oficina del director general de la compañía naviera que transportó las bolsas de café desde su país de origen, incluido el mismo director general, su familia, sus subalternos, sus proveedores y los obreros de sus proveedores, más toda la cadena de comercialización y distribución del producto, más todas las incalculables líneas de producción de todos los factores intervinientes, incluida la energía eléctrica, el gas, el combustible, el agua, los teléfonos, etc., todo ha sido influido por la decisión de aquellos dos amigos que interrumpieron todos sus preestablecidos planes para ir a tomar un café.

Alguien dirá que esto es una exageración pues el importe de dos cafés es demasiado insignificante como para provocar alteraciones de tanta significación en el proceso productivo.

Bien, veámoslo desde un punto de vista inverso: todo ese fantástico mundo económico que hemos apenas esbozado, toda esa energía de miles de personas actuando organizadamente en distintos negocios y actividades, todo se ha movilizado para que los dos amigos tengan a su disposición un aromático y bien servido café en un confortable establecimiento céntrico, en el preciso instante en que a ellos se les ocurriera encontrarse en la calle y decidirse a tomarlo. ¿Pero acaso todo ese mundo podría subsistir si sus circuitos no recibieran de millones de consumidores las señales de sus preferencias y valoraciones individuales? ¿Qué pasaría si de pronto la gente dejara de tomar café? Imaginemos que alguien descubre que es el causante del cáncer. Obviamente se derrumbaría buena parte de toda aquella estructura económica y los capitales abandonarían rápidamente el sector para volcarse a otros proyectos.

Analícelo el lector desde cualquier de los dos puntos de vista y advertirá que el módico precio de un café dista de ser insignificante. En realidad influye irresistiblemente sobre todo el proceso productivo.

Ahora bien, nunca debemos perder de vista que si hay personas que toman café es porque consideran que el precio que pagan por él es menor a la valoración subjetiva que le atribuyen. Y si han gente que se dedica a vender café es porque obtiene satisfactorias ganancias por el negocio. El consumidor de café -como todo consumidor en el mercado- decide soberanamente hasta dónde está dispuesto a pagar por el placer de un humeante pocillo servido en un cálido mostrador. Con esta decisión inapelable el consumidor no solamente determina el precio del café, sino que también establece los costos de todos los factores de producción intervinientes, incluidos los salarios y las ganancias de los empresarios.

Ese es el Mercado, un mundo fantástico activado por la división del trabajo, el intercambio y el afán de lucro. Millones de actos de intercambios individuales indisolublemente encadenados e interrelacionados entre sí forman su inconstante y al mismo tiempo armónica trama. Si sumamos a esa simple y cotidiana decisión de tomar un café, todas las demás decisiones, pequeñas o grandes, que adoptamos al cabo de una jornada, y multiplicamos luego esa suma de acciones unipersonales por la cantidad de habitantes de un país, obtendremos una idea aproximada de la magnitud de energías creativas en movimiento que generan los interdependientes fenómenos del Mercado.

“El mercado no es un lugar, una cosa o una entidad colectiva -nos ha dicho con acierto von Mises-. Es un proceso impulsado por la interacción de los distintos individuos que cooperan bajo el sistema de la división del trabajo”.

Este proceso en el cual todos participamos como vendedores y compradores constituye el fundamento mismo de la sociedad. Su increíble mecanismo tiene la virtud de dar sustento y significación al único sistema de organización social que ha demostrado hasta ahora capacidad para crear abundancia y bienestar para todos: el capitalismo.

Los efectos sociales del mercado libre son verdaderamente asombrosos. Cuando los hombres eligen actuar o abstenerse de hacerlo, cuando compran o venden, cuando ahorran o consumen, cuando trabajan o prefieren entregarse al ocio, sus acciones voluntarias siempre tienen por única finalidad satisfacer los deseos, caprichos y necesidades personales de cada uno de ellos. Pero al mismo tiempo estos fines individuales o bien benefician a los demás o bien sólo perjudican al sujeto actuante. Aquel que prefiere el ocio al trabajo sólo a sí mismo se daña. Pero aquel otro que ambiciona hacerse rico, únicamente podrá lograr su objetivo sirviendo eficientemente a los consumidores. Cuando mejor interprete y satisfaga los veleidosos deseos de sus semejantes, mayor será su ganancia. Si se equivoca, sólo él resultará perjudicado.

Precisamente éste es uno de los aspectos más fascinantes de la economía de mercado: pensando en sus propios fines, y sin que nadie se lo proponga, cada cual trabaja para los demás. “Cada uno, afirma Von Mises, al actuar en el mercado, sirve a sus conciudadanos. Por otra parte, nuestros conciudadanos nos sirven. Cada uno es tanto aun medio como un fin en sí mismo, un fin último para sí mismo y un medio para los otros que se esfuerzan por alcanzar sus propios fines (…) En la economía de mercado, todo hombre es libre, nadie está sujeto a un déspota. El individuo se integra a un sistema cooperativo espontáneamente. El mercado lo dirige y le dice en qué forma puede promover mejor su propio bienestar así como el de otras personas. El mercado es supremo. Sólo el mercado pone en orden a todo el sistema social y le da sentido y significación”.

El mercado libre proporciona rápidas respuestas a los mínimos deseos de cada uno de los seres humanos que integran una sociedad libre. Ni aun las más perfectas computadoras podrían reemplazar al mercado (esto ya lo comentamos antes, pero conviene repetirlo), dado que las computadoras no pueden resolver ningún problema sin información previamente almacenada. Y nadie en este mundo, absolutamente nadie, podría proporcionarle a una computadora datos exactos acerca de los pensamientos, dudas, contradicciones, sentimientos, aversiones, necesidades y cambiantes deseos que vertiginosamente, minuto a minuto, pasan por la mente de millones de seres humanos. Sólo el Mercado es capaz de registrar esta información al instante y transmitirla a los demás miembros de la sociedad para que éstos adapten sus planes a la nueva información y expresen al mismo tiempo sus preferencias que influirán también las decisiones de los otros.

Un niño recién nacido rechaza el chupete por su inadecuada forma o tamaño y su llanto influye en el mercado: el fabricante de chupetes recibe instantáneamente la información (caída de las ventas) y debe modificar las características de su producto si no quiere ser barrido por una competencia que se apresurará en satisfacer los deseos del pequeño soberano.

 

Competencia. Precio “justo” y precio de mercado

En un mercado libre todos deben competir si quieren alcanzar una posición más acomodada. Esta competencia no implica enfrentamientos de intereses antagónicos sino más bien un desafío social que impone a cada cual la obligación de servir a los demás. Competimos perfeccionando el servicio que prestamos a nuestros semejantes. Cuando vendemos nuestros bienes o servicios (incluido el trabajo personal, que es un servicio) debemos competir ofreciendo calidad y mejores precios. Y cuando compramos los bienes y servicios que ofrecen los demás, también competimos ofreciendo precios más altos.

Contrariamente a lo que suele creerse, la competencia no es muy del agrado de las personas que han escalado posiciones. Bien hace notar von Mises que los empresarios que han llegado competitivamente no tienen ningún interés en mantener la libre competencia. Por un lado se oponen a la confiscación de su fortuna y defienden el derecho de propiedad, pero por el otro prefieren apoyar las medias gubernamentales que eviten que los recién llegados hagan temblar su posición. Recuerda luego que aquellos que luchan por la libre empresa y la libre competencia no están defendiendo los intereses de esos ricos, por el contrario, desean que dicha libertad sea puesta en manos de hombres desconocidos que serán los empresarios del mañana cuyo ingenio hará más agradable la vida de las generaciones venideras.

La libre competencia tiene la virtud de llevar a la cumbre a los más capaces y esforzados, desplazando a los indolentes y a los creativos de ayer que se han dormido en los laureles. La competencia social armoniza admirablemente los intereses de todos los individuos, pero impone a cada cual la responsabilidad de servir a sus semejantes con esfuerzo e idoneidad si quiere escalar posiciones. En un mercado competitivo tanto el que compra como el que vende deben moderar sus pretensiones de lucro si no quieren ser eliminados por la competencia.

En realidad, hablar de “comprar” y “vender” es recurrir a meras convenciones que sólo tienen por finalidad facilitar la comprensión de los actos comerciales. En los intercambios directos no es necesario recurrir a tales arbitrios. Pero cuando los intercambios son indirectos, es decir, cuando se concretan mediante la utilización de una mercancía llamada “moneda” que facilita las transacciones y expresa cuantitativamente los valores relativos, se habla de “compra” y “venta” según cuál de ambas partes intervinientes reciba dinero a cambio de un bien o servicio, y cuál lo entregue para recibir dicho bien o servicio. En rigor de verdad, si tenemos en cuenta que la moneda es simplemente una mercancía que todos aceptan como medio de intercambio, quien va al mercado a comprar determinados bienes de consumo, también va a  “vender” su dinero, y el que vende aquellos bienes de consumo, está “comprando” con ellos dinero. Comprar y vender son, en definitiva dos expresiones imaginarias de lo que en verdad es una simple operación de intercambio. Aun cuando compramos a crédito hacemos mero intercambio, sólo que en este caso cambiamos bienes presentes por bienes futuros.

En un mercado libre el dinero también es objeto de oferta y demanda como cualquier otro producto, y por tal razón su valor de cambio (o poder adquisitivo) está igualmente sometido a las fluctuaciones provocadas por los transitorios desequilibrios que dichas fuerzas interactuantes (oferta y demanda) experimentan. (Más adelante volveremos sobre este tema.)

Por eso es acertado decir que en el mercado todos somos vendedores y compradores al mismo tiempo, si bien no debemos perder de vista que es en nuestro carácter de consumidores de bienes de primer orden (bienes de consumo) que adoptamos las decisiones finales.

Efectivamente, el consumidor decide qué bienes y servicios hay que producir, en qué cantidad y de qué calidad, y determina al mismo tiempo el precio que está dispuesto a pagar por ellos. Al hacer esto último, está imputando valores a todos los factores de producción, incluso los de orden más elevado (maquinarias, materias primas, capital, mano de obra, etc.).

Es por ello que resulta absurdo hablar de precio “justo” como lo hacen muchos políticos y hasta algunos economistas. El concepto de precio “justo” es anticientífico porque lleva implícita la falsa premisa de la factibilidad de una medición objetiva de los valores, propósito absolutamente insostenible según lo hemos analizado extensamente en el capítulo anterior. Recordemos que el valor no está intrínseco en las cosas sino que se lo atribuimos nosotros de acuerdo con nuestras particulares necesidades y preferencias.

El precio, cuando se forma libremente por acción de la oferta y la demanda, constituye el único fenómeno visible de cuantos se producen en el mercado. Él informa a productores y consumidores lo que conviene o no producir y lo que se puede o no consumir. Pero también actúa como agente selectivo que determina sin violencia qué compradores pueden comprar determinados productos y qué vendedores pueden venderlos. Quizás este último concepto requiere una explicación más detallada.

Según hemos visto, nadie puede en este mundo comprar todo lo que le venga en gana por lo mismo que nadie ve satisfechos todos sus deseos y caprichos. Recordemos que toda sociedad, según Röpke, debe confrontar el hecho de que, por un lado están nuestros deseos ilimitados, y por el otro, nuestros limitados recursos para satisfacer dichos deseos. Debido, pues, a que todos los bienes económicos son necesariamente escasos, aún la persona más adinerada se vería en la imposibilidad de poseerlo todo. Frente a las infinitas posibilidades que el mercado nos ofrece tentadoramente para mejorar nuestro bienestar, debemos elegir algunas de ellas y renunciar a muchas otras. Nuestras preferencias surgirán de comparar nuestros valores subjetivos con los precios del mercado. La necesidad de economizar nuestros escasos recursos nos obliga a optar permanentemente entre os múltiples medios para satisfacer nuestras ilimitadas necesidades que a diario nos sugiere el mundo moderno, y es precisamente el precio de mercado el que nos ayuda a decidirnos. Al respecto dice von Mises: “cada individuo, ya sea que compre o no, que venda o no, contribuye a la formación de los precios del mercado. Pero mientras mayor sea el mercado, menor será el peso que tenga la contribución de cada individuo. De esta forma la estructura de los precios del mercado aparece ante el individuo como una información a la que debe ajustar su propia conducta”.

Por ejemplo, yo jamás compraría una de esas modernas y costosas cámaras fotográficas porque su precio me parece desproporcionado con relación a mi escasa (por no decir nula) afición por la fotografía artística. Si costara menos de la mitad, quizás alguna vez compraría una unidad para usarla de vez en cuando. Entretanto, prefiero gastar mi dinero en cosas que me resultan más satisfactorias, por ejemplo, un moderno equipo de audio. Otras personas, sin embargo, opinarían de manera muy diferente, y quizás algunos de ellos hasta dejarían de comer con tal de poseer una de esas codiciadas cámaras.

Ahora bien, imagine el lector que al gobierno se le ocurre fijar por decreto el “precio justo” de las cámaras fotográficas. ¿Qué pautas tomaría como referencia para adoptar tan difícil decisión? ¿Quizás el precio imaginario que yo querría pagar a fin de satisfacer un capricho de poca importancia, o el precio muy superior que estarían dispuestos a pagar los verdaderos aficionados a la fotografía? ¿O acaso el precio imaginario que a estos últimos les agradaría pagar si una generosa ley así lo dispusiera?

Téngase en cuenta para estas reflexiones que siempre hay un precio imaginario suficientemente bajo por el cual todos estaríamos dispuestos a comprar cualquier cosa que nos fuese medianamente útil, de la misma  manera que hay un precio imaginario suficientemente alto por el cual todos venderíamos cualquier objeto de nuestra propiedad. (En la vida estamos siempre comparando el valor que atribuimos a los bienes que poseemos y a los que no poseemos, con los fluctuantes precios del mercado. Según dichos precios se ubiquen por encima o por debajo de aquellos valores subjetivos, vendemos o compramos.) Muchas personas malinterpretan la categoría subjetiva de sus propias valoraciones y llegan a creer en buena fe que esos precios imaginarios son en realidad los precios “justos” que deberían imponerse. Claro que se les escapa un pequeño detalle: precisamente por ser el valor una cualidad subjetiva, hay tantos precios justos como personas actúan en el mercado. Cuando yo imagino mi precio “justo”  para la cámara fotográfica, estoy tasando por debajo del valor que yo le atribuyo de acuerdo al ínfimo lugar que ocupa en mi escala de valores. Pero si le preguntamos a un apasionado por la fotografía qué precio estaría dispuesto a pagar por la mencionada cámara (no cuánto querría pagar, porque esto es un asunto muy distinto), seguramente nos responderá con una cifra muy superior a la mía. Lo cual no quiere decir que no estaría muy feliz de obtenerla por menos de la mitad.

Supongamos que el gobierno aplica mi precio imaginario como “precio justo” y obligatorio. ¿Es razonable que yo pueda entonces comprar esa cámara como quien compra una baratija? No. Ni es razonable ni es justo. Veamos por qué:

1) Porque yo no informé al mercado que quería una máquina fotográfica. Si hubiera dependido de mi personal interés en el asunto jamás se habrían fabricado cámaras fotográficas. Si hubo empresarios que se molestaron en investigar, que arriesgaron capitales y que montaron complejos procesos de fabricación y comercialización de sofisticados equipos de fotografía, es porque muchos aficionados deseaban ardientemente poseerlos y estaban dispuestos a pagar el precio que a mí me parecía excesivo, es decir, el precio libremente formado en el mercado.

2) Porque si yo compro una cámara muy barata gracias a la imposición de un precio político, alguien que habría estado dispuesto a pagar el precio del mercado se quedará sin su unidad, ya que mi incorporación a la demanda en tales condiciones no provocará un incremento correlativo en la oferta como ocurre cuando hay precios libres. El precio ya no podrá actuar como factor social selectivo y el azar o cualquier otra influencia ajena a las leyes del mercado determinarán a manos de quiénes irán a parar las escasas unidades existentes. Muy pronto, sin embargo, comenzará a funcionar el mercado negro, y aquellos compradores que estaban en condiciones económicas de pagar el precio del mercado (y además dispuestos a hacerlo), sellarán un tácito acuerdo con algunos comerciantes o intermediarios marginales para restablecer, por la vía de la ilegalidad, el precio de mercado con más los costos adicionales por riesgo. Aflorarán entonces muy serias alteraciones sociales: desaliento a la inversión, disminución de la producción, desabastecimiento a precios “oficiales”, enriquecimiento de los aventureros y ruina de os comerciantes honestos que desean cumplir con la ley.

3) Porque el precio libre de mercado, al orientar las inversiones hacia los sectores de mayor rentabilidad, genera una competencia que hace bajar los precios. La imposición de precios políticos frustrará la única manera posible de que tanto yo como todos aquéllos para quienes la fotografía no es una cosa muy importante, tengamos a nuestra disposición equipos económicos fabricados especialmente para satisfacer esa franja de compradores marginales (Por ejemplo, las cámaras descartables de cinco o seis dólares que han aparecido recientemente)

Todos, en fin, soñamos con altos precios para nuestros bienes y servicios y bajos precios para los bienes y servicios de los demás. Algo parecido a lo que ocurre con los juicios de medianería: para el dueño de la medianera, ésta vale como si fuera de oro; para el vecino que debe pagarla, en cambio, vale igual que si fuera de barro.

Pero más allá de nuestros utópicos precios imaginarios existe la realidad de un mundo con urgencias ilimitadas y recursos insuficientes que nos impone pagar un precio por la satisfacción de cada una de nuestras necesidades. Y ese precio no es otra cosa que aquella satisfacción a la que debemos renunciar para alcanzar una satisfacción más importante, según nuestra personal escala de valores. Siempre que pagamos un precio por algo que compramos, estamos renunciando a una cosa para obtener otra mejor.(Recuérdese que todo intercambio voluntario es siempre desigual ya que cambiamos algo que tenemos por algo quepreferimos). Nada más justo en realidad que el precio libre de mercado, porque él nos obliga a realizar el máximo esfuerzo para obtener algo que vale mucho para nosotros. Ese máximo esfuerzo, sin embargo, siempre será menor al beneficio obtenido. Es precisamente el precio de mercado lo que nos indica si habremos de ganar comprando tal o cual cosa. Si consideramos que la satisfacción a lograr es inferior o igual al precio que habremos de pagar por ella, no realizamos la compra. Al mismo tiempo, con  nuestra voluntaria abstención, hemos disminuido la demanda y contribuido así a que el precio tienda a bajar. El precio ha actuado como factor selectivo de la demanda. Pero aclaremos: no selecciona personas sino gustos y preferencias.

La sociedad no podría organizarse sin ese fenómeno intersubjetivo que es el precio libremente formado en el mercado, elemento vital e insustituible que le permite economizar sus escasos recursos y emplearlos de la manera más provechosa y beneficiosa para todos sus integrantes.

El aire, el agua, la madera en ciertas zonas y otros bienes que nos prodiga la naturaleza cuya abundancia supera a la demanda, no tienen precio alguno, por lo cual se los denomina “bienes no económicos”. Los bienes económicos, en cambio, desde el momento en que son medios que utilizamos para nuestros fines y cuya disponibilidad es limitada y siempre inferior a la demanda, tienen necesariamente un precio que no es ni “justo” ni “imaginario”. Es simplemente el precio de mercado. Constituye un absurdo hablar de un “precio justo” que ponga escasos y muy codiciados bienes económicos al alcance de todo el mundo.

En síntesis: todos queremos comprar barato y vender caro. No hay límite para nuestras ambiciones, salvo los límites que impone la competencia. En última instancia el precio “justo” es aquel que está dispuesto a pagar el  consumidor.

 

El trabajo

Los maridos, después de cenar, preferimos mirar televisión en lugar de ayudar a nuestras esposas a lavar los platos. Las mujeres, por su parte, cuando pinchan un neumático en la calle, suelen ingeniárselas para que algún hombre les cambie la rueda, aun cuando ellas mismas podrían realizar el sencillo aunque molesto trabajo. La explicación a este humano comportamiento es simple: todos preferimos el ocio al trabajo.

El hombre, según ya lo hemos dicho, es movido a la acción únicamente por el afán de mejorar su propio bienestar. No importa qué medios utilice para alcanzar tales objetivos; siempre, haga lo que haga (lave los platos o prefiera ver la televisión, cambie u neumático o prefiera mirar cómo otro lo hace) el ser humano procurará satisfacer sus íntimos deseos y necesidades materiales y espirituales, y sustituir cualquier estado de insatisfacción por otro de bienestar.

¿Quién de nosotros no prefiere sentirse bien a sentirse mal? Recordemos que valorar es expresar preferencias. El preferir aquello que nos hace sentir bien (o que nos parece, con riesgo de equivocarnos, que nos hará sentir bien) nos obliga a actuar, ya que solamente actuando podemos cambiar un estado de cosas que nos desagrada por otro que nos promete soñados beneficios.

No se molestaría el hombre en actuar si no se hallara empeñado en una incansable búsqueda de su propia felicidad, ya que de sentirse exento de inquietudes y anhelos, nada podría serle más satisfactorio que el ocio y el descanso permanente. Si el hombre se decide a abandonar esa lánguida indolencia para infligirse la molestia de entrar en acción, es porque dicha acción, o bien le proporciona por sí misma una mayor satisfacción que la holganza, o bien, resultándole la acción penosa e indeseable, le promete recompensarlo con ciertos medios con los cuales piensa acceder a satisfacciones mucho más valiosas.

El trabajo es una de las formas de acción más comúnmente empleadas por el hombre para satisfacer sus necesidades y alcanzar así estados de mayor bienestar. Hemos dicho antes (Capítulo 3º) que todo lo que hace el hombre en este mundo, con excepción de dejarse morir, implica disponer de medios materiales, y que la mayoría de esos medios materiales constituyen bienes económicos necesariamente escasos, razón por la cual no están al alcance de la mano sin que es necesario realizar un previo esfuerzo para poder disponer de ellos. El trabajo es, por lo tanto, el método idóneo que el hombre tiene a su alcance (la energía laboral y la inteligencia son factores recibidos de la naturaleza) para sobrevivir, vencer las asechanzas naturales y procurarse medios artificiales que le otorguen bienestar.

Con todo, es por cierto el trabajo un medio generalmente desagradable y molesto. Recordemos el castigo bíblico: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas al polvo (…) maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Génesis 3). Según la acepción castellana, trabajar es formar o hacer algo con método y orden. Trabajar, pues, implica invertir energías, tiempo y destreza. Puesto el hombre a elegir entre trabajar y descansar, compara la incomodidad que le causará el esfuerzo con la satisfacción que le promete la obra una vez terminada o el salario que habrá  de recibir por ella. Si considera que sale ganando en el cambio, acepta trabajar. De lo contrario preferirá el ocio.

Sin embargo, no hay duda que ante la incontrovertible realidad de los pocos recursos que tiene el hombre para satisfacer sus ilimitados necesidades, sólo una adecuada organización social y el trabajo metódico le permiten acceder a la posesión de medios con los cuales alcanzar fines inmediatos que a su vez se transforman en medios para fines superiores. De esta forma el hombre va reemplazando su desasosiego por estados de plenitud. Pero como la felicidad total es inalcanzable, ante cada meta lograda aparece un nuevo deseo más ambicioso y acuciante que el anterior. Esta característica de la naturaleza humana nos revela que el hombre está misteriosamente inducido hacia una permanente autoperfección, irresistible impulso que exige de cada individuo un arduo esfuerzo personal.

El hombre es consciente de la importancia del trabajo como medio para alcanzar determinados fines, pero optará por no trabajar si no obtiene por su esfuerzo un beneficio que justifique la inevitable fatiga que aquél habrá de originarle. Claro que puede darse el caso por cierto bastante frecuente, de tareas creativas que proporcionan por si mismas considerable satisfacción ocupacional al trabajador, y de hecho no puede haber cosa más deseable en este mundo que trabajar con vocación y entusiasmo. Sin embargo, por regla general, debemos admitir que el ocio nos resulta siempre más grato que el trabajo metódico y disciplinado, y sólo preferimos este último cuando nos proporciona una situación que consideramos más ventajosa que el placer de no hacer nada.

Cuando nos proponemos alcanzar ciertos fines que sólo el trabajo nos puede proporcionar, comparamos el esfuerzo y el tiempo que habremos de invertir con la satisfacción a obtener. Si se trata de construir un refugio para pasar la noche en el medio del bosque, calculamos qué situación nos resultará más penosa: si ponernos a trabajar toda la tarde para construir un precario cobertizo que habremos de abandonar al día siguiente, o pasar la noche a la intemperie.

 

El salario

Cuando el trabajador ofrece al empleador el servicio de su trabajo a cambio de un salario, no actúa diferente. Podemos aplicar aquí los principios de la teoría subjetiva del valor que analizamos en el capítulo anterior. El contrato entre trabajador y empleador equivale a un intercambio comercial libremente concertado. Recordemos que todo intercambio se producirá únicamente si cada parte contratante valora en más lo que recibe que lo que da.

El trabajador ofrece un servicio que le requerirá una dificultosa inversión de esfuerzo, disciplina y valioso tiempo vital. Ya ha estimado en términos monetarios el valor de esa inversión y se propone exigir por ella un precio superior a fin de ganar en el cambio. (Claro que al valorar su trabajo ha debido tener en cuenta las condiciones imperantes en el mercado, observando atentamente el dato informativo “salarios de mercado” y la relación oferta-demanda de mano de obra en el sector para el cual ofrece su servicio.) El empleador, por su parte, necesita ese escaso e indispensable servicio que valora también en términos monetarios. Ofrecerá, por lo tanto, una cantidad menor a su valoración. (El empleador también ha observado las condiciones del mercado para establecer su valoración.) Siempre que la valoración del trabajador se ubique por debajo de la valoración del empleador, habrá intercambio. El “precio” del trabajo, o salario, se establecerá en algún punto intermedio entre la valoración subjetiva del trabajador y la valoración subjetiva del empleador, y siempre estará un poco por encima de la primera y un poco por debajo de la segunda.

De acuerdo con lo antedicho, pues, se desprende que el trabajo es un servicio cuyo precio surge de los principios subjetivistas del valor y se forma en el mercado de acuerdo a la ley de la oferta y la demanda como cualquier otro precio como cualquier otro precio de cualquier mercancía del tipo o naturaleza que fuere.

Existe en nuestro tiempo una tendencia ideológica generalizada a negar la condición competitiva del trabajo, atribuyéndosele el carácter de algo así como un derecho social cuya remuneración justa responde a necesidades humanas que se dice en modo alguno pueden quedar subordinadas a la fría ley de la oferta y la demanda. No se entiende muy bien este confuso concepto político carente de todo fundamento científico. Si debemos repudiar el mercado en nombre de abstractas necesidades humanas de los asalariados, deberíamos extender el supuesto beneficio también a los almaceneros, los panaderos, los verduleros y otros comerciantes minoristas, exceptuándolos de la competencia y asegurándoles un “precio justo” para sus productos, pues ellos también tienen necesidades humanas y el ejercicio de su comercio es también trabajo. Sin embargo nadie se opone a que los comerciantes deban competir para ofrecer productos más baratos y de mejor calidad a los consumidores. (Bueno, nadie no, ellos mismos y sus organizaciones gremiales se oponen a la competencia, por ejemplo, de los supermercados que han logrado abaratar extraordinariamente los precios de comestibles y otros bienes de consumo masivo.)

Lo que parecen ignorar políticos y sindicalistas es la relación que existe entre esta competencia comercial y los salarios, estando éstos indisolublemente vinculados a los precios que está dispuesto a pagar el consumidor, como lo están todos los factores de producción intervinientes en el proceso productivo.

Dice acertadamente Von Mises que todo empleador debe proponerse comprar los factores de producción que necesita, inclusive la mano de obra, al menor precio posible, ya que si por generosidad pagara más de lo que el mercado establece para el servicio que los trabajadores le prestan, pronto sería barrido por la competencia al superar con sus costos de producción el precio que el consumidor (único soberano) está dispuesto a pagar por el producto terminado. Opina este economista que si el empleador intentara, por el contrario, pagar a sus obreros menos de lo que determina el mercado, no lograría reunir los buenos operarios que requiere el mejor aprovechamiento de su equipo. Siguiendo con este razonamiento von Mises nos recuerda que en la economía de mercado el trabajador  vende sus servicios del mismo modo que otros venden sus productos. “La única protección verdadera y efectiva con la que el asalariado cuenta, está dada por el mecanismo del mercado. El mercado independiza al trabajador de la voluntad arbitraria del empleador y de sus asistentes. Los trabajadores sólo están sujetos a la supremacía de los consumidores así como también lo están sus empleadores”.

Efectivamente, cuando millones de amas de casa compran o dejan de comprar una lata de tomates envasados de tal o cual marca, aceptando o rechazando, según el caso, el precio de venta de dicho producto, están asignando a cada tipo de mano de obra interviniente en su elaboración su respectivo precio de mercado. El empresario no tiene derecho alguno de ser demasiado generoso y aumentar los sueldos a expensas de sus clientes. Sólo si los consumidores están dispuestos a pagar un mayor precio por los productos podrá el empleador incrementar sus costos de producción. Cuando el empresario, en cambio, acicateado por la competencia que constantemente amenaza su posición, invierte en nuevos equipos y maquinarias a fin de reducir lo más posible sus costos y aumentar la producción, la mayor productividad del trabajo permitirá el gradual incremento de los salarios, y la competencia por la contratación de una mano de obra cada vez más escasa, obligará a los empresarios a ofrecer mayores salarios y mejores condiciones de trabajo a sus asalariados.

Dice von Mises que el nivel salarial se encuentra determinado, en última instancia, por el valor que los consumidores atribuyen a los servicios y obras de los asalariados. La mano de obra está valuada como si fuera un producto, no porque los empresarios y capitalistas sean inclementes e insensibles, sino porque están incondicionalmente sujetos a la supremacía de los consumidores.

Es absurdo, por lo tanto, atribuir al trabajo una naturaleza que le es absolutamente ajena. Hemos convenido en que los hombres son desiguales entre sí, razón por la cual, tratándose de trabajar, de crear o de comerciar, uno harán las cosas mejor que otros. Si aceptáramos la opinión de quienes pretenden marginar al mercado de la formación de los salarios estaríamos “igualando” artificialmente a todos los hombres y creando un peligroso vacío que el Estado o una organización sindical dotada de gran poder de movilización, se apresuraría a llenar. ¿Y acaso no hemos visto lo que ocurre en un sistema así? La burocracia se adueña de las decisiones, severos controles castigan al empresario honesto y premian al aventurero, el obrero pierde individualidad al verse nivelado por lo más bajo, la productividad del trabajo se resiente por una drástica caída de las inversiones, resultando el obrero, a quien se pretendió proteger, el principal perjudicado, y una maraña de legislación represiva reemplaza al mercado y termina asfixiando al país sin lograr su cometido, pero no impedirá la inevitable aparición delmercado negro del trabajo que determinará “salarios en negro” que podrán estar tanto por encima como por debajo de los salarios “legales”, según lo que dicte para cada caso (sectorial o individual) la ley de la oferta y la demanda que ilusoriamente se pretendió soslayar.

La hipótesis de que “trabajo” y “mercancía” son dos cosas distintas en lo que respecta a las leyes del mercado, y que lo que e s bueno para una no lo es para la otra, constituye una falsa premisa a la cual han adherido muchos políticos, sindicalista y hasta profesionales universitarios. Estos últimos suelen defender lo que llaman curiosamente la “jerarquización del trabajo” no admitiendo que su propia profesión liberal quede subordinada a la terrible ley de la oferta y la demanda (para lo cual se aferran a la protección de las corporaciones que los agrupan y a sus aranceles obligatorios), pero que sin embargo proceden de muy distinta manera cuando deben contratar los servicios de una dactilógrafa o de una empleada doméstica: aquí se ajustan a las leyes de la oferta y la demanda y no pagan un centavo más de lo que el mercado determina.

Los profesionales universitarios que defienden la colegiación obligatoria y la fijación compulsiva de aranceles, suelen aducir en contra de la libertad de contratación razones de ética profesional. Según ellos no es ético ni decoroso competir bajando los honorarios. No se alcanza a comprender este argumente, a menos que admitamos la existencia de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda en una república democrática, y que lo que es honorable y ético para un almacenero o un tintorero no lo sea para un ingeniero o un abogado.

Si tenemos el convencimiento de que el mercado libre es el único proceso que puede determinar los precios de todos los bienes y servicios, no es indigno que los profesionales universitarios sometan su ejercicio a las alternativas de la oferta y la demanda en tanto tal mecanismo es eficiente y decoroso para las demás actividades socialmente útiles. Por el contrario, la imposición de aranceles compulsivos no sólo monopoliza la actividad en perjuicio de la población desequilibrando la relativa interdependencia entre distintos sectores sociales, sino que perjudica a los propios profesionales ya que el sistema tiende a igualar a capaces y estudiosos con mediocres y perezosos, desalentando así el esfuerzo de superación individual.

 

Desempleo, sindicalismo y leyes laborales

Si el poder público o los sindicatos impiden que el salario se forme libremente en el mercado como se forman los precios de los demás bienes y servicios, y pretenden establecer por Decreto o por Convenios centralizados el monto de dichas remuneraciones (como ocurre actualmente en la Argentina a pesar de la pobre y prácticamente inexistente desregulación laboral que se intentó en el 2000 en medio de escándalos de sobornos a los senadores, etc.) pueden ocurrir dos cosas:

1. Que el salario compulsivo resulte inferior al que habría fijado el mercado en condiciones de libre contratación. En este caso el salario oficial será absolutamente inútil ya que predominará sobre aquél el salario de mercado.

2. Que el salario compulsivo resulte superior al que habría fijado el mercado libre, en cuyo caso se producirá desocupación de un sector de la mano de obra disponible.

Nunca hay desocupación de un mercado laboral desregulado, es decir, sin salarios compulsivos, sin leyes laborales abusivas y sin tribunales del Trabajo designados desde los sindicatos. Sólo voluntariamente se abstiene el hombre de trabajar si juzga que el sueldo que le ofrecen es insuficiente y no justifica el ingrato esfuerzo de realizarlo. En razón de que la mano de obra es el factor de producción más escaso que existe, siempre hay empleo para quienes desean trabajar y aceptan las condiciones vigentes en el mercado.

“En un mercado libre de trabas ¾afirma von Mises¾, siempre existe para cada tipo de trabajo un precio por el cual todos aquellos que están deseosos de trabajar pueden obtener empleo. El precio final del salario es aquél por el cual todos los que buscan trabajo lo obtienen y por el que todos los empleadores consiguen la cantidad de trabajadores que desean contratar”

Si los salarios resultan excesivamente bajos en determinadas circunstancias económicas, las causas de esa ingrata situación debemos buscarlas en la relación existente entre capital invertido por trabajador y oferta global de mano de obra, no en el mercado que simplemente refleja una realidad dada. Cuanto mayor sea la inversión per capita, es decir, cuanto mejores herramientas y maquinarias disponga para su trabajo cada asalariado, mayor será la productividad del trabajo y creciente la demanda de mano de obra. (No es lo mismo hacer zanjas a mano con una pala que con una máquina excavadora). Tal deseable circunstancia genera una aguda competencia entre los empleadores quienes se disputan la cada vez más escasa mano de obra con la consecuente elevación de los salarios y mejoramiento de las condiciones de trabajo de los asalariados.

Veamos, antes de seguir adelante, un ejemplo demostrativo de la importancia del capital para la productividad del trabajo humano. Imaginemos que una familia recibe una parcela de tierra fértil para explotarla libremente y semilla en cantidad suficiente. Pasaremos por alto la condición de bienes de capital de la tierra y la semilla a fin de facilitar el sentido didáctico del ejemplo. ¿Qué haría esa voluntariosa y honrada familia sin capital? ¿Cómo iniciaría la explotación de la parcela? ¿Con qué elementos roturaría la tierra? Supongamos que el jefe de familia, con la ayuda de sus hijos, se las ingenia con esfuerzo y creatividad para fabricarse unos rudimentarios elementos de labranza. Demás está decir que no tienen un buey ni un caballo. El hombre y sus hijos deben tirar del arado como si fueran bestias mientras la esposa lo guía y lo mantiene en equilibrio trabajosamente. Imagine el lector el esfuerzo infrahumano que este procedimiento primitivo exigirá a esa familia durante doce o catorce horas diarias para roturar una pocas hectáreas. ¿Qué producción podrán obtener con tanto sacrificio? Apenas para una miserable subsistencia de ellos mismos, y siempre que la sequía no destruya esa magra producción. Incorporémosle a esta misma familia un adecuado capital (es decir, trabajo acumulado por millones de personas que cooperaron bajo el sistema de la división del trabajo, que no otra cosa es lo que denominamos capital): un tractor, riego por aspersión, plaguicidas y fertilizantes, medios de transporte y modernos equipos de laboreo y veremos que conforme se reduce espectacularmente el esfuerzo personal y la vida de esta familia se hace más feliz, no sólo producirán abundante alimento para ellos, sino que podrán abastecer con sus excedentes a muchas otras familias.

Al respecto dice von Mises: “El hecho de que en los países capitalistas el que gana un salario promedio consuma más bienes y tenga a su alcance más comodidades que sus antepasados, no es un logro de los gobiernos ni de los sindicatos. Es el resultado del hecho de que la empresa que persigue fines de lucro ha acumulado e invertido más capital y así se ha incrementado la productividad marginal del trabajo”.

Por el contrario, en los países subdesarrollados donde el mercado se halla fuertemente intervenido mediante controles de precios y salarios, inversión decae dramáticamente, y con ella el poder adquisitivo del salario. La desocupación forzosa es en estos países una consecuencia de la pretensión sindical de impedir la natural reducción de los salarios que debe inevitablemente producirse con el descenso de la inversión. Al exigir los sindicatos la fijación compulsiva de salarios mínimos por encima de los que en tales circunstancias se formarían libremente en el mercado, obligan a muchos empleadores a prescindir de parte de su personal por no estar en condiciones de pagar a todos sus obreros el salario obligatorio. (Durante la crisis mundial de 1920, el economista inglés John Maynard Keynes inventó la forma de neutralizar el efecto distorsionante de los salarios compulsivamente altos mediante la emisión de moneda espuria. Con este diabólico artificio los salarios se mantenían nominalmente altos, pero su poder adquisitivo disminuía por efectos de la inflación provocada.)

Demás está decir que este estado de cosas influye sobre lo que se denominariesgo país que desalienta la inversión ¾y a menudo la desaconseja directamente¾, con lo cual el problema se agrava.

Pero lo importante es dejar en claro que sea cual fuere la circunstancia económica por la cual atraviesa una nación, aún en la peor de sus crisis, jamás habrá en ella una alta tasa de desempleo si el mercado permanece inadulterado y totalmente desregulado. Por otra parte, un mercado libre, aún en los momentos más difíciles, es única garantía de recuperación a corto plazo, pues genera confianza con ahorristas e inversores y orienta adecuadamente los recursos disponibles.

En Estados Unidos no hay prácticamente desempleo. Que esto ocurra en el país capitalista de los cambios tecnológicos más dinámicos del mundo y en un período de estabilidad y de auge económico, echa por tierra el mito de que el modelo capitalista destruye empleos. Los exitosos escritores de economía ficción Viviane Forrester y Jeremy Rifkin, autores respectivamente de El horror económico y El fin del trabajoestán quedando muy mal parados con sus predicciones catastróficas.

Nunca el modelo capitalista puede ser destructor de empleos porque mientras el hombre tenga nuevos deseos y aspiraciones alguien trabajará lucrativamente para satisfacerlo; en tanto en el mundo haya cosas por hacer y libertad para hacerlas no faltará quien verá el negocio y creará una empresa para llevarlas a cabo; mientras la gente quiera más cosas, más bienes, más diversiones, más comodidades y más bienestar, las perspectivas para el trabajo productivo lejos de reducirse, se ampliarán infinitamente.

Los vertiginosos cambios tecnológicos eliminan ¾y siempre lo harán¾ los empleos menos calificados (como les pasó a los fabricantes de velas cuando se inventó la bombita eléctrica), pero crean cuatro o cinco nuevos empleos más calificados por cada uno que destruyen.

La máquina alivia al hombre del trabajo bruto y la computadora le ahorra el pensamiento estúpido, pero no lo reemplazan ni lo condenan a la desocupación forzosa. Eso es mentira. El hombre moderno puede hoy dedicar su inagotable capacidad intelectual a urdir, planear y crear nuevas formas de satisfacer a sus congéneres insaciables, siempre, claro, que lo dejen en libertad para intentarlo. Hoy el desempleo es un problema fundamentalmente de Europa y no de los Estados Unidos. Europa tiene desempleo por los resabios socialistas antiliberales que todavía conserva: leyes laborales rígidas, impuestos progresivos, subsidios a las empresas ineficientes y controles estatales en la economía.

Abraham Lincoln, uno de los artífices de la grandeza de los Estados Unidos, comprendiendo ya en su tiempo la peligrosidad de las ideologías contrarias a la libertad contractual entre patrones y obreros, escribió sus famosas cuatro verdades que ningún hombre debería olvidar jamás:  1) No se puede producir riqueza desalentando el ahorro; 2) No se puede ayudar al que gana un salario, destruyendo al que lo paga; 3) No se puede promover la hermandad entre los hombres, inculcando el odio de clases; 4) No se puede ayudar al pobre destruyendo al rico.

 

Mercancía y trabajo son una misma cosa

Los que afirman que el trabajo no es mercancía, no descubrieron que mercancía es trabajo. Porque un producto manufacturado no es sólo un objeto material e inanimado con determinadas características y utilidades: es el prodigioso resultado del trabajo humano más el capital. ¿Y qué es el capital sino trabajo acumulado? Por lo tanto mercancía y trabajo son una misma cosa.

Lo que llamamos mercado en el mundo capitalista no es más que una fabulosa concentración de trabajo humano donde millones de seres libres con individualidades, talentos y necesidades diversas e interdependientes entre sí, contribuyen al bienestar general. “Dar a cada cual según lo que ha creado”, es su lema, en contraposición al ilusorio e injusto principio marxista que dice: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”.

Obviamente si en lugar de imponerse la supremacía de los consumidores predominara en la economía la generosidad y el sentimiento humanitario, la vida se encarecería de tal forma, todo valdría tan caro y sería de tan mala calidad, que el consumo se transformaría en un verdadero privilegio de unos pocos. Sencillamente no habría economía ni civilización.

Para finalizar este capítulo podemos decir que el liberalismo hace del trabajo una mercancía, pero no hace una mercancía del trabajador a quien jerarquiza como ser humano espiritual y materialmente libre.

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