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El día que Pedro quiso olvidarlo todo y dijo: “Me voy a pescar”

El día que Pedro quiso olvidarlo todo y dijo: “Me voy a pescar”

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

 

El horror terminó cuando bajaron el cuerpo de la Cruz.

Cesaron los gritos, se calmaron los espíritus, se disipó el miedo. Apenas una guardia en el sepulcro, por las dudas. El poder y la política ya estaban ocupados en otros asuntos.

¿Resucitó?

Después de su muerte se les apareció. No como un espíritu sino como una persona viva, con su cuerpo todavía lacerado.

Dos veces lo vieron, hablaron y comieron con Él. Dos veces.

Pero estaban muy confundidos, cansados, alucinados. Los días de Jerusalén habían sido vertiginosos y terribles, y ninguno de ellos llegó a comprender cabalmente el significado del sacrificio de Jesús.

Es razonable que olvidaran o borraran de sus mentes sencillas la circunstancia insoportable de haberlo visto con vida después de su muerte. Y es también comprensible que quisieran volver a ser lo que eran: hombres simples, seres humanos del montón.

De los doce eran siete los que se juntaron esa tarde en Tabgha, a orillas del Mar de Galilea, también llamado Lago Tiberíades: Simón (a quien ahora todos llamaban Pedro), su hermano Andrés, Tomás, Natanel, los dos hijos de Salomé y Zebedeo: Jacobo y Juan, y otro. Deambularon por la ribera, desorientados, desanimados, sin ganas de conversar.

Anochecía.

―Voy a pescar ―dijo Pedro.

Su voz sonó resuelta, osada, como quien aparta de su mente el aturdimiento de una pesadilla. Y enfiló hacia la barcaza que se mecía con las olitas que morían en la orilla.

―Vamos contigo ―dijeron los otros.

Navegaron toda la noche y no pescaron nada.

Antes del amanecer, desconcertados y con un secreto presentimiento en sus corazones, iniciaron el regreso.

Al acercarse a la costa entrevén el resplandor de unas brasas encendidas sobre la brumosa silueta de un peñasco. Cuando ya la brisa los aproxima a la costa, la primera claridad del día les permite distinguir a un hombre delgado y alto que, junto al fuego, los observa atentamente.

Cuando la barcaza está a unos doscientos codos de la ribera aquel hombre les grita:

―Amigos, ¿tienen algo para comer?

―No ―le contesta Pedro―, no hemos pescado nada.

―Tiren la red por el lado derecho.

Pedro mira a los demás con gesto de interrogación. ¿Quién es éste que nos da indicaciones?

―Hagan lo que les digo ―insiste el hombre de la roca.

―Bueno, comenta Juan, no perdemos nada. Tiremos la red por la derecha.

Instantáneamente la barcaza se sacude hacia su costado derecho: más de cien peces han quedado súbitamente atrapados en la traína.

Entretanto se ha hecho de día y Pedro mira sorprendido al hombre que les indicó dónde estaba el cardumen. Ahora descubre que arriba de las brasas un pescado de buen tamaño se está asando sobre sus propias escamas. Al costado, panes recién horneados incitan el apetito.

―Pedro ―le dice por lo bajo Juan―, ¿no crees que se trata de…?

―¿Qué estás diciendo, insensato? ―lo interrumpe Pedro malhumorado. Sin embargo, como estaba desnudo, se viste con su zamarra y salta a las aguas poco profundas para caminar rápidamente hacia la orilla.

Los otros pescadores se ocupan de recoger la red y de remolcarla hacia la costa.

Pedro llegó antes y se quedó mirando desde cierta distancia al desconocido que ahora atizaba las ascuas con una vara.

Cuando todos llegaron al lugar se acercaron tímidamente al atractivo aroma del pescado crepitante. “Traigan los peces”, les ordenó el desconocido.

Pedro, diligente, tomó la pesada red y la arrastró hasta el pie de la roca donde ahora estaban todos. El hombre les ofreció pan y el pescado asado:

―Coman, los estaba esperando.

Cada uno de los siete pescadores tomó en silencio un pan y un trozo del pescado que les ofrecía el inesperado anfitrión. Nadie se atrevía a preguntarle quién era. Solamente Juan, insistía por lo bajo, “Es el maestro…”

Limpiaron varios de los pescados de la red y los pusieron sobre las brasas. Comieron en silencio.

Cuando terminaron, el extraño se dirige a Pedro y lo sorprende con una pregunta:

―Pedro, ¿me amas más que ellos? ―y señaló con el índice a las otras seis personas.

Pedro se resistía a reconocer a Jesús a quien habría querido olvidar para siempre. Hasta ese momento él se esforzaba por convencerse de que todo había terminado y que era hora de volver a la normalidad. Sin embargo, ante la presencia innegable de Jesús, respondió casi con un murmullo:

―Sí, Señor, tu sabes que te amo.

Jesús le dijo entonces con un tono que no admitía réplica:

―Apacienta mis ovejas.

Pedro, avergonzado, bajó la mirada.

Hubo en el grupo un largo y tenso silencio. Jesús miró a lo lejos, como si pensara en otra cosa. De pronto volvió a dirigirse a Pedro:

―Pedro, ¿me amas?

―Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

―Apacienta mis ovejas.

Dicho esto Jesús se dirigió al grupo:

―Tienen una misión que cumplir. Con mi muerte no terminó todo. Al contrario, para ustedes el esfuerzo y los sacrificios recién comienzan. Esta es la tercera vez que me ven después de mi muerte, y no como un espíritu incorpóreo sino como un hombre de carne y hueso, porque he resucitado en cuerpo y alma. En Emmaús caminé al lado de algunos de ustedes, hablamos y luego comimos juntos, ¿recuerdan? Bien, días después, durante Pentecostés, nos encontramos en Jerusalén y les di las potestades del Espíritu Santo, ¿eso también lo recuerdan, verdad? Sobre todo tú, Tomás Dídimo, que dudabas, ¿lo recuerdas? Entonces ¿por qué se empeñan en acurrucarse en sus crisálidas si ya no son larvas, son mariposas que deben levantar vuelo? Esta noche me necesitaron para pescar: esa es la prueba de que ya no son pescadores de peces, sino de almas.

Jesús se volvió repentinamente hacia Pedro y le dijo:

―Y ahora vuelvo a preguntarte a ti, Pedro, especialmente a ti, que eres cabeza de mi Iglesia, al que prometí entregar las llaves del Cielo; y lo haré por tercera vez: ¿Me amas?

Esta vez Pedro se sintió terriblemente mortificado. Preguntarle tres veces lo mismo a un hombre honrado es dudar de su palabra: un destrato, un menoscabo insoportable. Pero Pedro sabía que se lo merecía. Jesús conocía sus dudas y contradicciones. ¿Acaso no lo había abandonado y negado cobardemente en Jerusalén, aterrorizado, como todos los demás, con la excepción de Juan y las mujeres que permanecieron a su lado hasta su último suspiro? El Maestro sabía que el primado de su Iglesia no era sincero ni consigo mismo, pues hasta se había negado a reconocerlo.

Pedro sintió remordimiento y rabia contra sí mismo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Apabullado, bajó la mirada y respondió:

―Sí, Señor, te amo, y lamento haber dudado de ti…

―Bien, apacienta mis ovejas. Cuando eras joven hacías lo que querías, en la vejez, en cambio, otros ceñirán tus manos y te llevarán a donde no querrás ir. Deberás cumplir ese destino para gloria de mi Padre. Ahora sígueme.

Natanel se atrevió a decirle:

―Señor, querríamos conocer más de los misterios que no comprendemos.

Jesús, con expresión paciente, contestó:

―Tranquilícense, antes de ir yo a la casa de mi Padre volveremos a vernos y les hablaré con toda claridad, esta vez sin parábolas, desde el principio de la verdad hasta su fin último. No les ocultaré nada sobre las cosas que pertenecen a las regiones superiores de la verdad. Prepárense porque deberán ir por todo el orbe a predicar mi mensaje a hombres de todas las razas y culturas. Enseñarán y bautizarán en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No sólo a los judíos: el Reino de Dios extenderá su cetro sobre toda la humanidad.

Jesús se levantó y comenzó a caminar hacia el norte. Pedro se apresuró a ponerse a su lado, pero notó con fastidio que el joven Juan los seguía a corta distancia. Le preguntó a Jesús:

―¿Debe seguirte también éste?

Jesús se detuvo, miró unos segundos a Pedro y le respondió:

―Si quisiera que Juan permaneciese hasta que yo regrese así lo dispondría, sin que tú debas interferir en mis decisiones. Tú sígueme y no te preocupes por lo que hacen los demás. Juan es ahora el elegido para dar testimonio de nuestro encuentro.

 

Fueron bordeando el lago en dirección a Cafarnaúm, donde estaba la casa de Pedro. Durante la caminata Jesús le habló sobre los planes que había concebido para él y los otros apóstoles y cientos de seguidores que se les unirían. Le explicó paso por paso todo lo que tenía que hacer, primero en Jerusalén y otras aldeas de Judea, Samaria y Galilea, y después en el extranjero: Siria, Asia y Grecia. Pero su destino central iba a ser Roma.

―Te revelaré el primer misterio ―le dijo―: mi Padre quiso que Roma se organizara y conquistara a todos los pueblos y civilizaciones de la Tierra siglos antes de mi llegada, con el único propósito de que tú y otros como tú tengan a su disposición la vasta red de caminos empedrados que parten desde esa poderosa metrópoli hacia todos los confines del imperio, hacia el Asia menor, hacia la Galia, hacia la lejana Hispania, de manera de poder difundir desde allí este mandato: “Arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesucristo para poder ser perdonados y recibir el don del Espíritu Santo”.

Pedro no podía salir de su asombro: ¡Roma había sido creada por Dios para la llegada del Mesías! Ahora entendía por qué Jesús fue crucificado por orden de Poncio Pilatos. Las profecías se cumplieron en este tiempo para que las enseñanzas del Mesías fueran velozmente trasladadas por las carreteras que el imperio tardó siglos en construir. Anchas y firmes, donde pueden transitar los carros romanos con dos caballos percherones. ¡Roma, la invencible Roma, había sido la magna obra de Dios para redimir a los hombres!

Ya habían llegado a Cafarnaúm, pero no fueron a la casa de Pedro, comenzaron a deambular por las calles de la ciudad porque aún tenían mucho que conversar. Pedro preguntaba y Jesús contestaba. Todos los enigmas le fueron explicados y todos los secretos, revelados. Así hora tras hora, hasta que el sol se desperezó con languidez veraniega tras las bajas colinas del Oeste.

Cuando Pedro llegó a su casa su familia casi no lo reconoció: sus cabellos y barba habían encanecido por completo, su mirada delataba que había visto y escuchado cosas indecibles; sus ademanes, habitualmente torpes, eran ahora suaves y lánguidos. Con un gesto hizo saber a su mujer que no quería preguntas. Comió algo y se fue a dormir.

Al otro día los vecinos de Cafarnaúm se asombraban del cambio físico de Simón y comentaban que el día anterior lo habían visto caminando errabundo por la ciudad, como desorientado, hablando solo, haciendo ademanes exagerados y deteniéndose cada tanto para levantar el tono de su voz y bajar luego la cabeza, como si alguien invisible moderara sus desquiciadas exclamaciones.

Pero lo que más les había llamado la atención a esas personas fue que detrás de Simón, a no más de diez pasos de distancia, el joven Juan lo seguía con el sigilo de una sombra, aparentemente vigilando al pobre pescador en el frenesí de su delirio.

Por eso nadie se extrañó cuando días más tarde el pescador abandonó a su familia y desapareció para siempre de Cafarnaúm.


© Enrique Arenz. Prohibida su reproducción.

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