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El chorizo sin hilo (1978)

Denuncia del enamoramiento de los militares y altos funcionarios por las empresas del Estado

 

A cada cambio de gobierno hemos podido ver a los flamantes administradores o interventores de las empresas del Estado lanzarse, como chicos con juguete nuevo, a la aventura de intentar ordenar, reestructurar, racionalizar y hacer eficientes a aquellos engendros de la insania peronista.

Ni más ni menos que como querer inventar el“chorizo sin hilo”.

Tanto se ha recorrido este escollado callejón sin salida que llama la atención la disponibilidad de ciudadanos responsables que se prestan a aceptar semejantes cargos.

Durante más de veinte años el fracaso y el empeoramiento de la situación vienen sucediendo invariablemente a cada nuevo intento. Y lo peor del caso es que los fracasados administradores, muchos de ellos responsables de verdaderos desastres, suelen esfumarse sin decir esta boca es mía, con total impunidad.

Cuando en 1973 -por citar un ejemplo límite de incompetencia-, fue designado presidente de SEGBA (Servicios eléctricos del gran Buenos Aires) un alto dirigente de Luz y Fuerza, se aplicó en esa empresa un temerario sistema llamado de “cogestión” que en la práctica significó sumergir a la empresa en un estado de inoperancia, anarquía y vagancia jamás conocido. Los quebrantos financieros llegaron a ser de tal magnitud que al requerírsele su opinión a ese personaje dijo con todo desparpajo que la idea de la rentabilidad empresaria era un concepto perimido y que debía reemplazarse por el de “solidaridad social”. Semejante enormidad de criterio, aplicada necia e irresponsablemente a la conducción de una gigantesca empresa como SEGBA debería merecer un ejemplar castigo. Sin embargo, ningún juez, ningún tribunal especial, ningún organismo oficial lo llamó a rendir cuentas, no recibiendo otra sanción que su simple cesantía como agente de aquella empresa.

Pero sin llegar a casos tan extremos, preciso es reconocer que funcionarios bien intencionados e idóneos han sido finalmente atrapados por la terrible maquinaria burocrática a la que pretendieron domesticar, siendo víctimas de un extraño proceso de lavado de cerebro que los transforma en un engranaje de ella, haciéndoles olvidar sus buenos propósitos iniciales y hasta sus ideas, pues comienzan a defender histéricamente las empresas que antes criticaban y hasta llegan a festejar sus aniversarios con discursos francamente delirantes. El ciclo se cierra cuando este funcionario se apoltrona en su bien remunerado cargo y deja que las cosas sigan como están.

Hablemos claro. Esto sucedió siempre y está sucediendo ahora. No se trata de acusar a nadie de incompetente. No ha nacido el genio que invente el chorizo sin hilo. La culpa, si es que hay una culpa, no está en el fracaso sino en el acto de soberbia que implica intentar aventuras tan descabelladas, pues no es posible, no es humana ni científicamente posible poner orden en ese abstruso submundo de las empresas estatales, especialmente en aquéllas que por su sobredimensionamiento constituyen verdaderas ciudadelas ingobernables, hidras gigantescas que devoran con sus mil insaciables cabezas el esfuerzo del país. Estas verdaderas células de la subversión moral y económica sólo admiten la posibilidad de su destrucción, pero jamás de su domesticación.

Martínez de Hoz podrá hacer alarde de su capacidad técnica en la adopción de ingeniosas medidas coyunturales tendientes a contener el alarmante crecimiento de los precios, pero no podrá erradicar desde sus profundas raíces el flagelo inflacionario en tanto estas indomables empresas estatales no sea privatizadas, única manera de ponerlas al servicio del país.

El gobierno militar subestima peligrosamente el problema mientras el equipo económico se limita a esquivar con gran habilidad las dificultades que se presentan sin atinar a enfrentarlas en sus causas. Poco tienen que ver los empresarios con la inflación, y transferirles a ellos una culpa que sólo es del Estado, no dará otro resultado que una mayor confusión en la opinión pública.

El plan económico del 2 de abril, digámoslo por enésima vez, es incompatible con la mentalidad y estructura peronista aún vigente. Estatismo y libertad de mercado son conceptos antagónicos e irreconciliables cuya convivencia termina invariablemente con la destrucción de la segunda.

Hagamos algo pronto, pero, por favor, dejemos de inventar cosas raras.

 

 

© Enique Arenz. (Publicado en Correo de la Semana el 22 de mayo de 1978)

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