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El calendario equivocado

El calendario equivocado

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

(Variación sobre un tema de Borges… y de tantos otros)

 

    Quedé conmocionado cuando leí el título en el diario de la tarde: “Se suicidó el pianista Ignacio Falasci”. Era el 26 de julio. Tres días después tuve un rarísimo sueño, pero lo sorprendente fue que cuando desperté hallé sobre la mesa de luz un objeto que se me había entregado en ese sueño. ¿Soñé que recibía ese objeto, o soñaba ahora que lo había recibido en un sueño? La respuesta la tuve ese mismo día (¿soñado?) pocas horas después.

    El sueño fue así: A eso de las dos de la madrugada sonó el timbre de mi casa de fin de semana. Sobresaltado, encendí la luz y me levanté cauteloso. No lo reconocí a través de la mirilla (¡Cómo lo iba a reconocer!); sólo al abrir la puerta me di cuenta de que se trataba de Ignacio.

    Lo invité a pasar en voz baja indicándole por señas que no hablara. Me acerqué suavemente al dormitorio para ver si Andrea se había despertado. Con alivio comprobé que dormía. Andrea es la viuda de Ignacio; había querido pasar esa noche en nuestra casa de El Grosellar porque la deprimían los recuerdos del departamento céntrico. Iba a entornar la puerta cuando reparé que el velador había quedado encendido. Decidí entonces apagarlo y me acerqué en puntas de pie a la mesa de luz. Fue en ese preciso momento, al mirar hacia la cama de matrimonio, cuando descubrí, con un ligero sobresalto, que el lugar izquierdo de la cama (el que supuestamente acababa de dejar yo al levantarme) estaba ocupado por una presencia humana de angulosa y familiar fisonomía. De no haber estado en mi propia habitación habría jurado que esa cara no era la mía. (Suelo no reconocerme en las fotografías, y a veces hasta me asusto cuando veo a un a un extraño en el espejo). Pero esta vez pude identificarme en seguida. Mi otro yo de la cama estaba profundamente dormido y enfundado en mi propio pijama.

    Sentí una casi infantil curiosidad por contemplar la imagen de quien me estaba soñando.

    Cuando miré hacia el lado derecho de la cama observé una extraña disociación entre las dos personas que allí dormían. Al principio no pude precisar muy bien lo que ocurría, y me pareció notar, en mi somnolencia, que la cabeza de Andrea era mucho más grande que lo normal. Pero enseguida me di cuenta de que las cosas no eran exactamente así. Fue algo semejante a un leve desplazamiento, como la sensación de una casi imperceptible metamorfosis de algunos de mis propios rasgos (los rasgos de mi yo durmiente, del que supuestamente me estaba soñando a mí) lo que me demostró que ella tenía sus naturales y exactas dimensiones. ¡Era yo —en mi versión durmiente—quien se estaba empequeñeciendo! El fenómeno parecía consistir en una vertiginosa regresión a mi propio origen biológico.

    El movimiento fue muy lento al principio, pero luego comenzó a acelerarse progresivamente. La transmutación se consumaba por suaves y continuos deslizamientos celulares: se iban esfumando mis arrugas, se oscurecieron gradualmente mis canas, mi piel se fue haciendo más tersa y pálida, y fui adelgazando notablemente en tanto el pijama parecía desinflarse lentamente.

    No puedo ahora precisar el tiempo que transcurrió, pero debieron de ser minutos, o acaso segundos. Cuando tomé conciencia del extraño proceso, el que me soñaba ya había rejuvenecido varios años y perdido no menos de diez o doce kilogramos de peso. En seguida me hice adolescente, niño y, ya más rápidamente, lactante. Al llegar a esta fase, el pequeño cuerpo había quedado encerrado en el interior del inmenso y casi vacío pijama. Apenas podía verse un insignificante bultito que se agitaba débilmente bajo la tela rayada. Curiosamente, la regresión pareció detenerse.

    Alarmado, temí que pudiera asfixiarse. Desprendí entonces dos botones del pijama, tomé el tibio cuerpecito desnudo y lo deposité tiernamente sobre la almohada. Lo vi tan desabrigado que pensé en hacer algo para que no se enfriara, pero antes de intentarlo comprobé que era inútil porque había comenzado a disminuir nuevamente. El proceso continuó hasta quedar esa criatura convertida en un horrible embrión de cuatro o cinco centímetros de longitud, semitransparente y de aspecto gelatinoso, con dos desproporcionados y renegridos globos oculares que se movían agitadamente y un cordón umbilical de lustrosa y escamada piel que se internaba entre las sábanas hacia un nexo desconocido.

    Me asusté: seguramente terminaría siendo un espermatozoide. ¿Y qué sucedería después? ¿Llegaría a ver a mi propio padre engendrándome? Ya casi a punto de desaparecer el diminuto ser entre los pliegues ahora húmedos de la almohada, decidí alejarme de allí para poner un coto a la visión. Salí del dormitorio y cerré apresuradamente la puerta. Creí escuchar a través de la madera tenues voces y ahogados sonidos que me resultaron vagamente familiares.

    Al regresar a la sala vi que Ignacio aguardaba como petrificado mirando fijamente el teclado amarillento de mi viejo piano Pleyel. Me apresuré a cerrar la tapa por temor a que se pusiera a tocar. Murmuré algo sobre lo inapropiado de la hora y lo desafinado que estaba el piano.

    Serví café en la cocina y conversamos una pocas palabras. Ignacio me entregó un sobre cerrado de color azul y me rogó que al dia siguiente lo pusiera en manos de su esposa. Por supuesto, no le dije que ella estaba en mi dormitorio.

    Se despidió en silencio y el sueño se diluyó.

    Esa mañana, 29 de julio, me levanté aturdido. Andrea se había ido temprano, sin despertarme, y seguramente ya estaba en el departamento delEdificio de las Américas,en el centro de Mar del Plata. Me desconcertó hallar el sobre azul en el mismo lugar en el cual soñé que lo había dejado. Me lo puse en el bolsillo y salí.

    Tomé el 553 y me bajé a pocas cuadras del edificio de la calle Córdoba. Al pasar frente a la catedral creí advertir un error en el calendario floral de la plaza San Martín. “Se equivocaron con el nueve”, pensé distraídamente.

    Desde allí vi el tumulto. La gente se amontonaba en la esquina, algunos corrían. El tránsito interrumpido y los curiosos que saturaban el lugar me dificultaron el paso. Una vaga intuición me fue anticipando lo que hallaría detrás de esa barrera humana. La gente miraba algo como idiotizada. Una mujer visiblemente alterada se indispuso. Primero vi rojas manchas sobre la vidriera de La fonte d’oro: masas finas y medialunas contrastaban deslucidas detrás de aquella cortina sanguinolenta. Rompí con esfuerzo la última fila de curiosos y contemplé finalmente el espectáculo: una masa informe de carne humana yacía desparramada sobre el solado peatonal. El olor a sangre me produjo un leve mareo. Observé el raro contorno de ese cuerpo desarticulado por la terrible caída y me detuve en lo que parecía un tronco humano. La cabeza estaba sugestivamente dirigida hacia mí, totalmente dada vuelta hacia atrás, como si estuviera buscándome entre la muchedumbre. Sus dilatadas pupilas me miraban, su boca entreabierta parecía querer balbucear algo. Al reconocer ese rostro recordé el almanaque de la plaza: “¡El 9 al revés…!

    En ese momento supe lo que estaba sucediendo. No era el 29 de julio sino el 26, y quien yacía en el pavimento era Ignacio que se acababa de arrojar desde el vigésimo piso. Un papel azul, quizás un sobre, asomaba de uno de los bolsillos de su pijama rayado.

    Horrorizado, permanecí mirando fijamente esa angulosa fisonomía. Presentí lo que ocurriría de inmediato. Por eso me fui en seguida, para no volver a verme convertido en un espermatozoide.

 

© Enrique Arenz 2000.
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