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El amor de una niña también hace milagros

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Yalena tenía 10 años, y Daiana, 12. Su padre había muerto ha­cía tres años, pero lo peor para las pobres niñas era que su mamá, Karina, nunca se había recuperado de esa repentina y demoledora pérdida.

Las pequeñas no tuvieron la ayuda de su madre para seguir estudiando y creciendo normalmente.

Pero la tenían a la abuela Martha, madre de su papá, que iba casi todos los días a su casa para ayudarlas en las tareas escolares, interiorizarse de sus problemas y, a veces, comprarles ropa y calzado, y hasta confeccionarles los disfraces para
los actos escolares. Cuando la madre caía en cama por exceso de ansiolíticos que a veces potenciaba con alcohol, la abuela Martha corría a la casa de sus nietas para hacerse cargo de todo.

Daiana debió madurar antes de tiempo y ser un poco la mamá de su hermanita, y un sostén para su propia madre cada vez que ésta se desmoronaba.

Yalena conversaba mucho con su hermana mayor, y le preguntaba insistentemente por qué su mamá estaba siempre silenciosa, retraída, y ni siquiera se interesaba en mirar los cuadernos de sus hijas. Y Daiana le explicaba que su mamá no había conseguido aún superar su tristeza.

Lo que más les dolía a las niñas era la ausencia de la Navidad. Ya habían pasado dos diciembres y su madre se obstinaba en no consentir el menor asomo de festejo. Ni un arbolito pequeño per­mitía.

En las dos navidades pasadas la abuela Martha las había llevado a su casa para que compusieran su pesebre y colgaran adornos en su viejo pino californiano. También se encargaba de despacharles sus cartitas para Papá Noel. Y en las dos ocasiones las hermanitas ha­bían recibido sus regalos y también las afectuosas respuestas del legendario amigo de los niños.

Pero la abuela vivía sola, y por su edad no estaba en condiciones de hacer más de lo que hacía por sus nietas. Sabía que no era suficiente, que las niñas necesitaban a su madre. Había intentado airear la malsana melancolía de su nuera, y una vez hasta se atrevió a sugerirle buenamente que en vez de automedicarse consultara a un profesional. ¡Para qué! Le contestó que no se metiera en su vida y que se ocupara de sus asuntos.

Martha aceptó resignadamente que su nuera no quería recibir ayuda, y menos aún, ser aconsejada, así que procuró no irritarla y se concentró en sus dos nietitas que eran para ella toda la razón de su existencia.

Pues bien, se acercaba la tercera Navidad. Daiana había crecido de un salto y ya no creía en Papá Noel, aunque fingía hacerlo para no desilusionar a su hermanita.

A fines de noviembre, la más chiquita sorprendió a su abuela anunciándole que le escribiría anticipadamente a Papá Noel porque lo que iba a pedirle tendría que ser concedido antes de Navidad.

─¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué vas a pedir?

─Para mí, nada… pero es un secreto.

─Bueno ─respondió la abuela─, cuando tengas la cartita me la das para llevarla al correo.

A los dos días Yalena le entregó un sobre cerrado con mil recomendaciones de echarlo al buzón lo antes posible.

 

Una tarde de la primera semana de diciembre Martha llevó a las niñas a un cumpleaños. No había pasado ni una hora cuando Karina, que recién se levantaba de su prolongada siesta, oyó que las llaves de su suegra abrían la puerta de calle. Intrigada, bajó enseguida.

─¿Pasó algo, Martha?

─No. Las dejé a las chicas y arreglé para que las traigan antes de las nueve. Yo me vine porque quería comentarte algo…

─Bueno, iba a tomar café, ¿me acompañás?

Tomaron el café en la cocina. Martha buscó algo en su cartera.

─Quería que leyeras esta cartita que escribió Yalena.

─¿Carta? ¿Para quién?

─Para Papá Noel…

Karina endureció su mirada y la interrumpió secamente:

─Martha, nunca me opuse a que lleves a las chicas a tu casa para darles regalos, hablarles de la Navidad y dejarlas jugar con los muñequitos del pesebre, pero a mí no me interesa nada, para mí la Navidad no existe, me deprime terriblemente, entendelo. Y sabés que no quiero hablar de eso.

─Está bien, Karina, sólo te pido que leas esta cartita porque Yalena le habla de vos a Papá Noel.

Karina cambió de expresión, se relajó, se disculpó por su aspereza y tomó la carta con cierto gesto de curiosidad. Apenas comenzó a leerla sus ojos se concentraron ansiosos como si devoraran cada palabra.

“Querido Papá Noel: extraño mucho a mi papá. Lo que más recuerdo de él es cuando nospapa noel lee cartallevaba junto con mamá a comprar adornos y cosas ricas para festejar la Navidad. Qué felices estábamos los cuatro organizando y preparando todo. Papá nos leía sobre el nacimiento de Jesús y nos explicaba que en Navidad se celebraba un gran milagro, Dios había venido al mundo como un niñito muy pobre y humilde para que las personas fuéramos mejores y más bondadosas.

“Pero desde que papá murió, mamá quedó triste para siempre. No nos habla, no nos pregunta nada y no quiere que festejemos la Navidad, que es lo que más nos duele. Vos nunca me olvidaste, siempre me trajiste lo que te pedí, a mi casa, cuando yo era más chiquita y papá vivía, y después a casa de la abuela Martha, y hasta nos dejaste a mi hermana y a mí cartitas muy lindas prometiéndome que todo se iba a solucionar, que papá nos miraba desde el cielo y nos cuidaba, y que mamá iba a salir de su desconsuelo. Lo que más me gustó fue cuando me dijiste en tu carta del año pasado que papá estaba muy orgulloso porque yo había sido abanderada y la mejor de mi clase. La abuela Martha hasta lloró de emoción en el acto. Si mamá hubiera ido también se habría sentido orgullosa al ver cómo todos me aplaudían. Pero ese día se sentía peor que otras veces. Tan mal estaba que hasta se olvidó de preguntarme cómo me había ido. Le quise contar igual, pero me dijo que le dolía la cabeza y que la dejara sola. Pobre mamá, ella está muy enferma y me preocupa mucho. Daiana dice que debemos cuidarla entre las dos y no llevarle preocupaciones. Por eso siempre que tenemos algún problema lo hablamos con la abuela Martha que le encuentra solución a todo.

“Pero, querido Papá Noel, ya no quiero que mamá siga así. La necesitamos, queremos una mamá que se ocupe de nosotras, que converse de las cosas de la escuela y de la casa, y sobre todo, que quiera festejar la Navidad.

“Por eso, querido Papá Noel, este año no voy a pedirte nada para mí: quiero que ayudes a mi mamá para que vuelva a ser la misma de antes, siempre alegre y conversadora, y que se entusiasme de nuevo con la Navidad. Que lo haga por nosotras, pero más que nada por papá, que desde el cielo no quiere que olvidemos lo que él nos contaba del niñito que nació en un establo para hacernos a todos más buenos y felices. Ese es el regalo que te pido, por eso te mando mi cartita anticipadamente. Un beso. Te quiero mucho. Yalena.” 

Labios temblorosos y un jadeo que se aceleraba le anticiparon a Martha que algo se estaba rompiendo en aquel corazón atormentado. No se equivocaba: Karina se largó a llorar como si toda la aflicción del mundo se derramara sobre ella. Martha, un poco conmocionada porque no la había visto así ni en el velatorio de su hijo, hizo silencio y la dejó llorar. Karina estuvo largo tiempo con la cabeza inclinada sobre la mesa y el cuerpo sacudido por sollozos que parecían escapar por oleadas de un largo encierro. Súbitamente se levantó de la silla y entre gemidos desgarradores, se abrazó a Martha y le dijo:

─Martha, ¿cómo pude hacer esto con mis hijas? ¿Cómo no supe que ellas sufrían tanto como yo? ¡Por qué fui tan egoísta y no pensé que tenía una familia que me necesitaba! ¡Cuánto me arrepiento, Martha, de lo que hice estos años! Vos trataste de hacérmelo entender pero no te quise escuchar. Yalena me ha despertado como de un sueño, esta cartita tan sentida, pidiendo por mí, ¡compadeciéndose de mí, pobrecita hija!

La tormenta amainó y los últimos nubarrones se disiparon. Mientras se secaba los ojos Karina le preguntó humildemente a su suegra qué debía hacer para reparar tanto daño.

 Martha suspiro aliviada, la tomó maternalmente por los hombros, la miró sonriente a los ojos y le dijo:

─Bueno, Karina, empecemos por lo más sencillo, hagamos que Papá Noel cumpla el pedido de Yalena. ¿Qué te parece?

─Sí, Martha, claro que sí. Me siento como si me hubieran rescatado de una sepultura; sí, esa es la palabra, estaba enterrada con tu hijo, llena de rencor contra Dios que me lo quitó. Ahora veo todo distinto. Celebraremos la Navidad; y si me ayudas, Martha, ésta será para las nenas la mejor Navidad de sus vidas.

 

Esa Nochebuena las dos chicas disfrutaron de una casa  acogedoramente navideña, con velas de Adviento, botas colgadas en la chimenea y un flamante árbol de Navidad que ellas mismas habían decorado. Y la tarde del 24, al pie de ese árbol, aparecieron sorpresivos regalos que fueron abiertos a la medianoche, entre otras cosas una note­book para Yalena y una tablet para Daiana. Pero además, al igual que en las navidades anteriores, Yalena tuvo su cartita de Papá Noel que leyó excitada en voz alta: 

“Querida amiguita Yalena, con fe y amor lograste lo que yo no pude. Porque te juro que esta vez no tuve nada que ver, el mérito es solamente tuyo. Yo estaba preocupado porque no sa­bía cómo concederte lo que me habías pedido. Y de repente me llevé la sorpresa de ver que tu amor enorme produjo el milagro. Hacía mucho, muchísimo tiempo, que ningún chico me demostraba en una carta tanta bondad desinteresada. No pierdas nunca tu ternura ni dejes que el paso de los años y los contratiempos de la vida endurezcan tu corazón. Tu amigo: 

San Nicolás (o, si lo preferís, Papá Noel)” 

Yalena releía y besaba una y otra vez la carta de Papá Noel. Sorprendió a todos cuando aseguró que la caligrafía era diferente a la de las cartas anteriores. A Martha le hizo gracia la perspicacia de su nieta. ¿Có­mo no iba a ser diferente la letra si esta vez ella no la había escrito? Sintió admiración por el hermoso texto que, descontaba, había salido del alma de Karina.

Sin embargo, cuando miró divertida a su nuera por la sagaz observación de Yalena, Karina, a su vez, la interrogó con los ojos. Las dos mujeres negaron con la cabeza.

Ninguna de ellas había escrito la carta.

 Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor.

Publicado en:

Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

 

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