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Dios nació en una villa

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

El 24 de diciembre del año 2012, a eso de las diez de la noche, Raquel bajó cambiada y maquillada al comedor de su casa para celebrar la Nochebuena. Lo primero que vio desde la escalera fueron las llamitas de las velas del centro de mesa que ella por precaución había dejado apagadas.

Pero no nos adelantemos: esta historia comenzó con un mail que la misma Raquel, viuda de Reinaldo Ansaldi, un queridísimo amigo mío fallecido dos años antes, me había escrito el 4 de agosto. 

«Esta madrugada me desperté a la 5.30 y quedé desvelada me contaba en ese mensaje─. Me levanté a tomar media taza de café con leche, volví a la cama y prendí la radio. Eran
casi las 6. Me dormí enseguida. Tuve algunos sueños raros… Y de pronto me despierto y veo que Reinaldo está acostado a mi lado. No me asusté, más bien me sorprendí gratamente.

«Me estaba mirando con el gesto amoroso que le era caracte­rístico y se reía. Se lo veía feliz. Nos abrazamos, lo miré largamente a los ojos y le dije: Sabés, que te extraño mucho, ¿no? Él asintió con la cabeza, y volvimos a  abrazarnos. Entonces le murmuré al oído: gracias por este regalo.

«(…)

«Ahora él está parado junto a la cama y busca algo en su billetera, mientras me dice: te dejé papelitos… Pienso, ¿alguna nota, quizás? Y me desperté, esta vez de verdad.

«Ya camino de la oficina, me inquietaba que el sueño hubiera sido tan real. Si hasta por momentos sentía que lo había dejado a Reinaldo en casa.

«Cuando regresé por la tarde fui di­rectamente a revisar lo que yo llamo su cajita, un cofre donde guardo todas sus cosas pequeñas, anteojos, billetera, licencia de conducir, diferentes credenciales y documentos. No lo creerás, pero yo estaba buscando ansiosamente esos papelitos que Reinaldo dijo haberme dejado, pero no encontré nada.

«Ha pasado una semana y aún trato averi­guar qué signifi­ca lo que soñé, si es que tiene algún significado. ¿Fue un simple sueño o Reinal­do está tratando de decirme algo? Decidí contártelo porque a lo mejor te inspi­ra para escribir algún cuento de Navidad. Un abrazo, Raquel»

Debo decir ante todo que Raquel y Reinaldo fueron apasionados pesebristas. Eran de esos raros creyentes que ocupan todo su tiempo libre en tallar y pintar figuras y producir diferentes modelos de grutas y casitas de Belén, combinando luces y colores en la búsqueda de efectos novedosos que realcen el mensaje de la Navidad. Se habían conocido en la Hermandad del Santo Pesebre, que funciona desde hace muchísimos años en la Parroquia Madre Admirable de Buenos Aires. 

Cinco felices años trabajaron juntos Raquel y Reinaldo en su taller de arte pesebrístico, verdadero santuario que habían construido en el fondo de su casa. Hasta que la muerte, silenciosa y artera, cayó como un rayo aniquilador. Él tenía cuarenta y dos años; ella, treinta y cinco.

Raquel pareció morir con Reinaldo, pero al tiempo logró reanudar su vida habitual, regresó a su empleo, volvió a salir con amigas y viajó mucho, pero tengo para mí que algún rencor oculto le impidió volver al pesebrismo.

Contesté el mail de Raquel con una promesa de cortesía: intentaría escri­bir algo con ese sueño. Pronto me olvidé del asunto.

Hasta que una noche, estando yo dormido, mi mujer me sacude y me dice: Enrique, estás gritando ¿te pasa algo, tuviste una pesadilla? ¿Eh? No… no soñaba nada, ¿qué decía? Repetías: ¡el pesebre, el pesebre!

¿El pesebre…?

Unos días después tengo un sueño muy nítido en el que aparezco metido en el sueño de Raquel. Allí están los dos en la cama matri­monial, y yo sentado en una silla como haciendo de observador o testigo. Reinaldo le dice a Raquel: «Te dejé papelitos». Era lo que ella me había contado, pero a continuación, lo novedoso: «Tenés que hacerlo antes de la próxima Navidad».

Fue mi intuición, o tal vez deberíamos llamarlo percepción, o, si lo prefieren, pura y simple imaginación de escritor, lo que me hizo telefonear a Raquel para preguntarle si había pasado por el taller. Me contestó que no, que desde que Reinaldo falleció nunca se había atrevido a entrar en ese recinto tan cargado de recuerdos y emociones. Entonces le dije casi imperativamente: andá y buscá entre los bocetos de pesebres que pudo haber guardado Rei­naldo, y después me llamás.

Acerté. En una gran cajonera donde se guardaban bocetos y dibujos Raquel encontró una carpeta en la que Reinaldo había dejado planos y descripciones de un enorme e innovador pesebre en el que había trabajado secreta­mente para sorprenderla. ¡Estos son los papelitos que él quería que viera!, exclamó excitada. ¿Qué opinas, Enrique?

Mi respuesta fue inmediata: Sí, seguramente, y él te está pidiendo que construyas ese pesebre para esta Navidad porque no quiere que abandones el pesebrismo. Tenés que ponerte a trabajar ya mismo.

Aceptó mi consejo y me confesó que cuando abrió la puerta del taller y percibió el olor concentrado de resinas y solventes y vio las imágenes a medio tallar que Reinaldo había dejado sobre una de las mesas de trabajo, se echo a llorar desconsolada, pero que al encontrar los bocetos su tristeza se transformó en alegría: ¡Reinaldo había logrado comunicarse con ella! Y presentía que habría otros contactos.

El pesebre era originalísimo: consistía en la reproducción de un amplio sector de la Villa 31 porteña, vista desde la avenida Libertador, con sus callecitas caóticas, sus viviendas amontonadas, algunas de varios pisos y otras pintadas de diferentes colores, muchos desniveles, ropa tendida por todos lados, cables de luz colgando descuidadamente y la autopista Illia que le pasa por arriba y el tren que cruza la autopista por debajo y bordea el asentamiento casi rozando las últimas casuchas. En el medio, una casa de ladrillos rústicos con techo de chapas que se prolonga hacia adelante formando un precario cobertizo, y debajo, el Santo Retablo.

Un cochecito de bebé con las ruedas destartaladas hace las veces de sagrada Cuna. María y José están representados por dos inmigrantes de naciones limítrofes: ella, boliviana, con largas trenzas negras, un vestido largo marrón, chal multicolor y el clásico sombrerito bombín; él, paraguayo, con sombrero de paja encintado, camisa blanca con bordados coloridos, pañuelo negro anudado al cuello y faja ancha de tres colores. Chicos y vecinos en semicírculo miran al niño desde respetuosa distancia. Varios perros callejeros rodean la cuna. Los tres Magos de Orien­te, únicas figuras que conservan sus vestimentas persas tradicionales como símbolo de universalidad, se abren paso a pie. Los camellos han quedado paciendo a pocos metros. Las casitas están todas iluminadas en su interior y sobre el pesebre, la estrella de Belén.

 

Dos días enteros le llevó a Raquel recorrer comercios para com­prar todos los mate­riales que necesitaba, incluyendo una locomotora diesel de hojalata con sus vagones y rieles, y muchos autitos de colección para poner sobre la autopista, todo con las dimensiones proporcionales al conjunto.

Pidió ayuda a la hermandad, y dos pesebristas experimentados se ofrecieron para trabajar en su taller. En la primera semana de diciembre el pesebre estaba terminado y tenía un título: Dios nació en una villa. Fue llevado a una importante exposición interna­cional donde el jurado le otorgó el primer premio «por su origina­lidad, la armonía de sus componentes y su mensaje de igualdad, tole­rancia  y hermandad entre diferen­tes culturas y naciona­lidades».

 

El 24 de diciembre Raquel tomó la decisión de celebrar su primera Nochebuena sola. Por la mañana preparó
una cena fría. Luego buscó los adornos que llevaban dos años guar­dados en el desván y decoró el comedor de la casa. Por último, lo más importante: fijó en la pared más iluminada una ampliación gigante de la fotografía del pesebre.  Al caer la noche encendió el árbol de Navidad, ordenó la vajilla y los cubiertos sobre un primoroso mantel navideño, sacó de la heladera lo que había cocinado por la mañana y subió a la planta alta para bañarse y cambiarse. Ya eran las diez de la noche cuando bajó maquillada y con un elegante vestido nuevo. Primero vio las velas encendidas, después lo vio a él, de espaldas, contem­plando absorto la fotografía del pesebre.

─¿Te gusta cómo quedó?IMG_3330

─Está bellísimo, mejor de lo que imaginé. Te felicito.

Se abrazaron.

─Cuánto te agradezco que hayas venido.

─Es solamente por esta noche, mañana cuando te despiertes me habré ido definitivamente.

Se sentaron a la mesa, ella sirvió la comida y él abrió la botella de champaña. Charlaron y se rieron como en sus buenos tiempos. Rei­n­al­do le juró que era feliz donde estaba, y fue muy convincente cuando le explicó que ella tenía el deber de vivir una vida normal, con los proyectos e ilusiones de toda persona viva, joven y saludable. Raquel se lo prometió y brindaron por todas las navidades futuras que ella honraría desde su taller de pesebrista.

Raquel despertó muy cerca del mediodía y lo primero que hizo fue llamarme por teléfono para desearme feliz Navidad y contarme cómo había sido lo que ella llamó su milagro de Nochebuena. Nadie más lo supo, sólo me lo contó a mí.

¿Que si le creí? Claro, ¿por qué no habría de hacerlo?

Pasaron dos años, era hora de escribir ese cuento que le había prome­tido.

 

Diciembre de 2014

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet
Sin la expresa autorización del autor

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