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Cuando la ilusión se hace añicos (Efectos del derrumbe del comunismo sobre un ideólogo marxista)

Cuando la ilusión se hace añicos (Efectos del derrumbe del comunismo sobre un ideólogo marxista)

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Artículo publicado en La Prensa el 29 de enero de 1992

 

Hacía varios años que no lo veía. Me costó reconocerlo. ¡Qué avejentado estaba! Viajaba en el último asiento del colectivo. Inmóvil, con la mirada fija en el piso, tenía una traza de abandono apenas desmentida por sus modernas zapatillas deportivas.

Pobre Eugenio, qué cambiado lo vi, qué dispar esa mueca triste de su expresión inteligente y alegre de otros tiempos. Me conmovió esa repentina visión: estaba ante un hombre viejo y fracasado. Fracasado en su vida y en sus ideales.

Él pareció percibir mi mirada y levantó la cabeza. Instintivamente me oculté entre los pasajeros. No sé por qué rehuí saludarlo. Tal vez fue recato ante su melancolía desnuda, o… porque me sentí culpable.

Es que toda mi vida fui un impiadoso enemigo del comunismo. Y ahora que ese abominable sistema de servidumbre se desplomó para siempre, vi en ese rostro desolado la imagen patética de los derrotados, la representación viva de quienes todo lo dieron y todo lo sacrificaron por esa ilusión hecha añicos.

Nos conocimos siendo yo un adolescente y él ya un hombre adulto. Por nuestras divergentes ideas -él marxista ortodoxo y yo un liberal en trabajosa formación-, nunca llegamos a ser amigos. Con el tiempo apenas si nos saludábamos. Había entre nosotros un recíproco sentimiento de rechazo. Sin embargo tuvimos motivos para respetarnos: los dos nos parecíamos en nuestra autenticidad y en la robustez de nuestros convencimientos. Una misma llama platónica encendía nuestros corazones.

Eugenio, hombre culto y sensitivo, jamás fue uno de esos intelectuales de izquierda que desde la cátedra universitaria, desde la televisión “transgresora” o a través del humorismo malhumorado, se dedicaron a envenenar el alma de los jóvenes y a demoler los valores de nuestra cultura. Tampoco fue un agitador profesional ni mucho menos un subversivo. No, nada de eso. Eugenio fue un sacrificado activista que en sus horas de descanso asistía a las extenuantes reuniones del partido, redactaba tremebundos libelos contra el capital y el imperialismo, los mimeografiaba con un destartalado Gestetner y luego los repartía en una de esas curiosas mesas panfletarias instaladas vaya uno a saber por qué en las calles más burguesas del centro.

Vivió para el partido y para la guerra de clases, absurda guerra, al decir de Borges, que no admitía otros beligerantes que los de un solo bando.

Odió tanto a los empresarios que nunca pudo vivir sin ellos: no quiso ser otra cosa que un humilde proletario al servicio de un despreciable patrón. Patrón que en la vida real no resultó ser tan malo, y que hasta que Eugenio se jubiló solía escuchar, con curiosidad y respeto, las apasionadas opiniones de su «esclavo».

Y no es que a Eugenio no le gustara el dinero. Es falso que a los idealistas y a los sabios les es indiferente ser ricos o pobres. Prefieren la riqueza, sólo que nunca están dispuestos a renunciar a sus sueños o a sus inclinaciones por intentar alcanzarla.

«Quiere el sabio ser rico -escribió Scalabrini Ortiz-, pero para serlo no malgasta una hora de su tarea».

Así fue Eugenio. Su familia sufrió privaciones y miedos. A menudo lo cachiporrearon y lo arrestaron. Su nombre figuraba en una arcaica lista negra de la Policía Federal, y cada vez que los gobiernos militares decretaban el estado de sitio, lo iban a buscar. Pero él lo aguantaba todo. Era optimista, entusiasta, siempre sonreía. ¡Estaba tan seguro de que el mundo iba al socialismo!

En su intimidad soñaba con ser uno de los poderosos ejecutores de la reforma social cuando la revolución triunfara. ¡Qué orgullosa y sorprendida se habría sentido la quejosa de su mujer! Si una vez, cuando el partido lo honró con una modesta responsabilidad rentada -según él mismo relató a un amigo común- ella hasta se ocupó de que en la casa hicieran silencio para que él pudiera dormir la siesta.

Recuerdo su impaciencia en los primeros años de la sangrienta década de los setenta. Todavía en la plenitud de su vitalidad, vislumbraba ansioso el inminente cambio. Siempre había predicado la revolución pacífica, pero convalidaba silenciosamente la violencia como método inevitable para acelerar el proceso. Mientras otros secuestraban y mataban, él redobló su esfuerzo intelectual: sudó tinta, arengó obreros y organizó manifestaciones y asambleas vecinales con curas del «tercer mundo». Confieso con vergüenza que, en cierto momento de aquellos terribles años, llegué a odiarlo como a un execrable enemigo social.

Pero al verlo ahora así, tan exangüe y desvalido, no puedo menos que aborrecer mi sectarismo de antaño. Eugenio había sido siempre, al fin y al cabo, un pobre y sufriente ser humano como yo, tan simple, inofensivo y frágil como lo somos la mayoría de quienes habitamos precariamente este mundo, más allá de nuestras vanidades y estúpida arrogancia.

Pensé en su familia, en su esposa que probablemente nunca entendió su anticlericalismo contumaz ni su espiritualismo sin Dios, y que ahora lo ve regresar por las noches taciturno, secretamente arrepentido de haber arruinado la vida de ella y la suya por una quimera. Tal vez ella no lo culpe; tal vez ni se hablen ya, habitando ambos un silencio más punzante que los reproches.
Dice el Evangelio que el que lo ha dado todo excepto la vida, en verdad no ha dado nada. Debe de ser reconfortante llegar a la ancianidad luego de una vida entregada a una causa noble y útil para los demás. Pero, ¿qué consuelo, que gratificación retrospectiva puede esperar en su hora crepuscular alguien que lo ha sacrificado todo… por una insensatez, por un delirio que sólo causó humillación, miseria y muerte a millones de seres humanos de todo el mundo?

Lo penoso de la vejez es que uno se queda sin futuro. Pero lo de Eugenio es todavía peor: él ha perdido también su pasado.
Quisiera redimirlo pero no veo cómo. Sólo atino a rescatar una valiosa lección para todos nosotros, pero especialmente para los jóvenes: no importa qué ideales abracemos ni a qué sueños nos entreguemos en la vida, seamos siempre capaces de dudar, de revisar nuestras certitudes y de abrirnos generosamente a las verdades de los demás.

 

 

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