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Crónicas de un ángel

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

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Los ángeles no somos infalibles, a veces fracasamos.

Antes de la llegada del Mesías bajábamos a la Tierra y volvíamos al rei­no de los cielos en un ir y venir interminable tratando de ayudar a las personas, pero casi nunca lo conseguíamos.

El mundo se había corrompido: la codicia, la maldad y el crimen prevalecían sobre la virtud y el amor. No había reyes misericordiosos ni magistrados justos, el odio se realimentaba en feroces venganzas, en ajusticiamientos públicos y en el horror de las guerras interminables.

En ese clima nuestro trabajo se hacía imposible.

Cuando Dios decidió enviar a su Hijo para redimir a la humanidad y hacerle entender este mensaje jamás escuchado: “El esclavo es igual al emperador”, todo cambió, pero no porque se hayan terminado aquellos flagelos sino porque a partir de entonces nadie ignoró la diferencia entre el bien y el mal, entre el amor y el odio, entre la rectitud y el perjurio.

Cuando se aproximaba la fecha del milagroso parto, Dios nos ordenó reunirnos en el firmamento para señalar el lugar del irrepetible acontecimiento. Miles y miles de espíritus celestes nos congregamos sobre la ciudad de David para formar una esfera resplandeciente que se vio durante días desde todos los rincones de la Tierra.

Aún ahora, si la gente no estuviera tan atareada con los preparativos de la cena de Nochebuena y se diera tiempo para contemplar el cielo en el preciso instante en que el atardecer está por perder su última luminosidad, vería fulgurar en el Oeste la primera estrella del crepúsculo, iridiscente, con destellos anaranjados y verde esmeralda. Somos nosotros que nos reunimos para retornar a casa con las noticias de nuestro trabajo.

En los días y semanas anteriores hemos trajinado intensamente para llevar alivio y esperanza a tantos seres humanos necesitados de un milagro. Pero, como dije al principio, no siempre regresamos victoriosos. ¡Y que lo diga yo, que venía fallando desde hacía por lo menos tres navidades!

Hasta que en la Navidad pasada me ocurrió lo impensado.

Me habían dado por misión a Ezequiel, un joven descarriado a quien yo de­bía rescatar de su imparable pendiente. Su padre, un malviviente con graves antecedentes criminales, comenzó a inculcarle el delito desde muy chiquito, pero su madre no estuvo dispuesta a permitirlo. Como el sujeto maltrataba a madre e hijo, no le quedó a la pobre mujer otra opción que huir de su provincia y venirse con Ezequiel a la gran ciudad. Fue muy duro para ella, pero aún con privaciones extremas hizo lo imposible para criar y llevar a su hijo por el buen camino.

Hasta que la tragedia desbarató esa amorosa alianza: Ezequiel era todavía un adolescente cuando su madre fue arrojada desde un hacinado vagón en el que trataba de llegar a su trabajo.

Solo y desorientado, encontró una única puerta abierta: la que lo condujo a las peores compa­ñías. En esa escuela se fue haciendo descuidista y ratero; cuando los más grandes del grupo le hicieron probar el paco y pusieron un arma en sus manos, se transformó en un peligroso asaltante.

Pero como todavía no había matado ni herido a nadie estábamos a tiempo de rescatarlo.

Era la primera semana de diciembre cuando me llegué hasta el asentamiento donde se refugiaba. Vi con horror que esa misma noche pensaba salir de fierros. Y lo ha­ría solo, para ganarse el respeto de sus compañeros burlones y malintencionados que lo habían espoleado.

No me dio tiempo a nada; tuve que improvisar. Me corporicé en un perro que se sentó delante de mí para rascarse. Era un mestizo con algo de ovejero que te­nía la mirada tímida y resignada de los perros abandonados. Lo apodé cariñosamente Pulgoso y me aceptó con ale­gría.

Con el trotecito de esas cuatro patas seguí de cerca a Ezequiel.

Es de noche. El joven acecha en una calle solitaria para asaltar a un comerciante que, según le aseguraron sus amigos, lleva todas las noches dinero de su negocio hasta su casa.

Veo venir a la víctima, Ezequiel empuña su revólver, se le cruza al hombre sorpresivamente, lo empuja contra la pared, lo encañona y le exige el dinero.

Presiento que el comerciante se va a resistir y que Ezequiel lo va a matar. ¡Su primer homicidio! Esa acción significará su caída irreversible. En mi angustia sólo atino a correr a toda velocidad y saltar entre Ezequiel y su víctima. Trastabillan, suena un disparo y los dos caen al suelo. En ese preciso instante pasa por allí un patrullero, la víctima huye, bajan dos policías que lo ven a Ezequiel con el revólver en la mano, forcejean con él, lo detienen y lo meten esposado en el patrullero.

Mi primer impulso fue correr detrás del vehículo pero no pude levantarme del piso: Pulgoso estaba muerto. Ciertamente esas no habían sido mis expectativas.

No pude hacer nada por el muchacho. Otros entran y salen tan fácilmente de las cárceles argentinas, pero a Ezequiel lo dejaron entre rejas. Otra vez me había salido todo mal. La impotencia me hizo llorar amargamente durante días.

Llegó el atardecer del 24 de diciembre. Desalentado como nunca, tuve que reunirme con los otros ángeles para hacer brillar una vez más esa temprana estrella que por dos milenios ha simbolizado, con altibajos, el triunfo del bien sobre el mal.

El regreso siempre es para nosotros un acontecimiento importante. Si volvemos con la misión cumplida, Dios nos regala una visión de las personas a las que hemos ayudado. Y si fracasamos, Él nos mira con su infinita dulzura y nos dice: “En la próxima Navidad todo saldrá bien”.

Pero el problema era que a mí ya me venía consolando año tras año. Me sentí tan avergonzado de mi ineptitud, que no pude alzar mis ojos ante Él.

Yo esperaba una merecida reprensión; pero también, llegado el caso, el alivio de la divina indulgencia. Lo que nunca podía esperar, lo que jamás hubiera ni siquiera soñado, fueron esas palabras que escuché de sus labios: “No fracasaste, todo salió bien. Ezequiel fue a la cárcel, pero sin tu intervención habría muerto, porque su víctima no era un honrado comerciante, era un delincuente peor que él, un asesino irrecuperable que tenía un arma de guerra en el bolsillo.  Él hizo el disparo, y habría matado a Ezequiel si el pobre Pulgoso no se hubiera interpuesto en el momento justo”.

Fue tan grande mi sorpresa que en ese momento no me detuve a pensar en lo que había sucedido. Apenas si reclamé tímidamente mi derecho de verlo a Ezequiel en su calabozo. Vi un joven muy desdichado que se sabe traicionado por sus amigos y se siente espantosamente solo. Llora desconsolado, le habla a su madre muerta, le pide perdón por haber olvidado su sacrificio y sus consejos, y le jura que jamás volverá a delinquir.

Estaba arrepentido, y eso para mí fue suficiente.

Pero mi confusión no se disipaba.

Fue más tarde, al repasar los hechos de aquella noche, cuando mis ideas se empezaron a ordenar: el perro que se me cruzó, la llegada oportuna del patrullero, la captura de Ezequiel. ¡Esas no podían ser simples casualidades! Entonces lo supe: Dios, preocupado como todo buen padre, estuvo siguiéndome los pasos. Cuando vio que las cosas venían mal intervino decididamente para evitarme un nuevo traspié.

Me cuesta creerlo, pero fui protagonista de un suceso extraordinario, tal vez único en la vastedad de los tiempos: yo, un mensajero celestial, un humilde servidor creado nada más que para llevar a las almas indigentes el infinito amor de Dios, ¡había recibido la gracia de un milagro de Navidad!

Fue un milagro maravillosamente compartido: Ezequiel necesitaba reflexionar y pagar su deuda con la sociedad, y yo tenía que recobrar mi confianza que se estaba desintegrando. Dios, en un solo acto de bondad, nos dio a cada uno lo suyo.

¿Y Pulgoso? Pobre Pulgoso, él también necesitaba algo, necesitaba un amigo que nunca lo abandone. Por eso me lo traje conmigo.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

Sin la expresa autorización del autor

 

Publicado en:
Diario La Capital de Mar del Plata

Diciembre de 2007
Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

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