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Carta abierta a los políticos

Ensayo de Enrique Arenz

 

Señores políticos: Hemos soportado demasiadas penurias los argentinos como para que les toleremos nuevos errores y embustes.

Esta vez les tenemos que decir: ¡basta!

No vamos a negar que todos tenemos algo de responsabilidad por lo que nos ha ocurrido. Al fin y al cabo ustedes no pueden ser otra cosa que un reflejo del pueblo en su conjunto. Y nosotros los argentinos somos individualistas, contradictorios, a veces despóticos y vengativos, a veces enfermizamente demócratas y solidarios, siempre un poco ventajeros, orgullosos, románticos y fabuladores. Somos como somos, diría María Elena Walsh, y reconocernos así implica aceptar una dolorosa responsabilidad.

Pero si todos somos responsables, ustedes, señores políticos, son los grandes culpables de este drama nacional. Culpables por haber sido demagogos hasta la estupidez, culpables por haber defendido siempre sus intereses partidarios y personales por encima del interés general; culpables por habernos mentido sistemática y miserablemente; culpables por haber aumentado el gasto público hasta extremos hoy inmanejables y por haber designado a miles de punteros en organismos del Estado a costa de aniquilar los servicios esenciales de salud y educación. Culpables de haber succionado nuestros bolsillos como vampiros insaciables para alimentar sus calderas de poder, hasta causar, por inseguridad jurídica y ausencia de inversiones privadas, el peor desempleo y empobrecimiento masivo de nuestra historia.

Todos ustedes, radicales, peronistas y aliados de ocasión, en una insana competencia por echarnos una palada más de tierra, despilfarraron el dinero público, violaron nuestros derechos de propiedad y se adueñaron de nuestros sudor. Y lo hicieron ya sea en forma indirecta, como en las épocas de inflación e hiperinflación, o en forma directa, como cuando obligaron a los bancos a entregar los dólares de los ahorristas a cambio de títulos de una desahuciada deuda pública que luego fue deshonrada en medio de obscenos aplausos de todos ustedes, o bien cuando metieron la mano en las Cajas de jubilaciones y últimamente en los fondos privados de pensión con total desprecio de los actuales y futuros jubilados.

Todos ustedes, en el poder o en la oposición, desde Perón hasta Duhalde (con muy pocas excepciones), nos han dejado sin sueños, sin ilusiones, sin esperanzas, y lo hicieron de una manera continua, sistemática, sin descanso, sin arrepentimiento, sin una sola marcha atrás ni asomo de enmienda.

El último cachetazo nos lo dio este presidente, no elegido por el pueblo sino por un club formado por ustedes los políticos, quien, como si fuera el amo de nuestras vidas, derogó la convertibilidad, devaluó el peso, pesificó toda la economía, tiró a la basura los contratos privados, generó inflación para licuar deudas, beneficiar a un grupo de exportadores e industriales y reducir a la tercera parte los ingresos de todos los argentinos, y resucitó la temible indexación, con lo cual sencillamente nos hundió en la desesperación. ¿Con qué derecho, señor Duhalde y políticos que lo designaron y acompañan en su gobierno, con qué legitimidad, con qué autoridad moral, nos han arruinado ustedes la vida?

Pero todo eso es ahora irreversible, y nos guste o no, maltrechos, impotentes, angustiados, estamos paradojalmente en manos de ustedes, es decir, bajo la atención solícita de los mismos médicos perversos que nos hirieron mortalmente. A veces, vencidos por la furia, nos equivocamos y gritamos ¡que se vayan todos! Pero íntimamente sabemos que no podemos conjurar la anarquía, que de esta debacle nos tienen que sacar ustedes o no salimos más. Entonces apretamos los dientes y le rogamos a Dios que el señor presidente, sus ministros y legisladores de los principales partidos populares asociados, corrijan sus propios desaciertos, olviden sus vacuos discursos habituales, dejen de abusar de nosotros y desanden rápidamente el camino del desastre por el que ellos mismos nos llevaron.

Triste esperanza la nuestra, apenas fundada en cierta faceta positiva del egoísmo, la que induce al egoísta a actuar virtuosamente en aras de su propia conveniencia. Al fin y al cabo, tantos excesos en el ejercicio del poder terminaron por ponerlos a ustedes mismos al borde de la histeria, y no es demasiado ingenuo presumir que han de ser los primeros en desear remontar esta cuesta antes de que se les venga la noche.

Eso queremos creer la mayoría de los argentinos. Sin embargo, cuando leemos los diarios y nos enteramos de los pactos y acuerdos entre legisladores, ministros, gobernadores, jueces de la Corte y líderes partidarios, las marchas y contramarchas en tortuosas y nunca claras negociaciones, las exigencias de unos y otros, las presiones recíprocas, el toma y daca permanente, se nos eriza la piel porque empezamos a sospechar que no aprendieron la lección. ¡No aprendieron la lección! Todavía piensan en ustedes, en cómo salvarse, en cómo maquillar la realidad para eludir la pérdida de sus privilegios. Se resisten con uñas y dientes a producir los cambios estructurales profundos que la cruda realidad les está exigiendo.

Ante esta contumacia suicida uno piensa que lo de ustedes no es solamente deshonestidad, mala fe y espíritu corporativo, es algo más grave, es ignorancia, es mediocridad, es falta de discernimiento. Porque sólo así se explica que sigan escupiendo al cielo como respuesta a las tinieblas que nos van envolviendo.

Señores políticos, reaccionen, nos queda poco tiempo. Si hemos aprendido algo en estos últimos años es que siempre podemos estar peor, siempre nos podemos empobrecer más. Nunca vamos a tocar fondo porque, ahora lo sabemos, tal fondo no existe. Sólo vamos a ver más miseria, más desorden, más delincuencia, más atraso, más anarquía y más inseguridad, ¿hasta cuándo?, lo sabe Dios. Pero las perspectivas imaginables son aterradoras.

Hoy no tenemos capital ni crédito. Y sin estas dos herramientas del mundo capitalista moderno estamos condenados. Es indispensable contar con dinero del exterior, en forma de ayuda y de inversiones productivas. No hay otra opción. ¿Cómo se hace para que nos ayuden y que algunos capitalistas quieran invertir en la Argentina? ¿Cómo se hace para que los argentinos traigan sus ahorros del exterior para producir y dar trabajo? Hay una sola forma: demostrarle a la comunidad internacional que somos serios, capaces de enmendar nuestros errores y administrarnos con rectitud y responsabilidad, que nuestro país es previsible, respetuoso y defensor de la libertad individual, que la palabra del Estado es inviolable, que la Justicia es un valor supremo y que los derechos civiles de cada habitante de este país están antes que el Estado mismo.

En síntesis: tienen que hacer todo lo contrario de lo que siempre hicieron. Es la única angosta puerta para salir del aislamiento financiero internacional en el que nos encerró el default que ustedes pregonaron, provocaron, declararon y festejaron.

© Enrique Arenz 2002

(Se permite la reproducción de este artículo con la condición de citar la fuente)

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