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Acabar con la pobreza es un deber moral

Acabar con la pobreza es un deber moral

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Capítulo 10º

 

Los políticos argentinos debieran comprender que es suicida seguir en su juego de estrategias electoralistas, pueriles lanzamientos fundacionales o transversales, salvajes pugnas internas, financiamiento de los aparatos partidarios con dineros públicos o ilegales, ocultamientos de la verdad y dialécticas de agencia publicitaria con que la mayoría de sus miembros —muchos de ellos jóvenes y ya expertos en el arte de la simulación y la demagogia— creen estar ejerciendo su misión orientadora de la sociedad.

No hay tiempo ni espacio en la Argentina de hoy para seguir haciendo de la política una simple profesión, una carrera lucrativa con un cómodo retiro en la vejez, al mejor estilo de las grandes naciones industrializadas, porque mientras los políticos de partido rivalizan en el comité por una candidatura o por el predominio personal o de camarilla, un millón de nuevos pobres se cayeron de la clase media desde 1995, casi la mitad de los argentinos viven por debajo de la línea de pobreza, entre 17 y 20 por ciento padece exclusión social y cientos de miles de niños crecen como seres subnormales por inadecuada alimentación, muchos de los cuales mueren por culpa de todos nosotros, sin conocer las oportunidades de esta asombrosa era tecnológica, víctimas de una absurda miseria que jamás debió abatirse sobre esta tierra.

No hay tiempo ni derecho moral de hacer lo que estamos haciendo. Reaccionemos antes de que el país estalle. Tenemos por delante un urgente imperativo moral: liberar de la pobreza a la República Argentina.

Que nadie diga que este es un objetivo economicista. Producir, crear riqueza para acabar con la miseria es un objetivo altamente moral que sólo puede alcanzarse con trabajo y recursos económicos. ¿Pero cómo se organiza una sociedad para la producción? Ese ya es terreno del conocimiento. Porque producir es un imperativo moral, pero saber cómo hacerlo es un problema cultural.

Y aquí surge un interrogante: ¿es nuestra clase política lo bastante culta como para que esperemos de ella, previo gesto de grandeza y desprendimiento, sepa orientarnos en la oscuridad y señalarnos lúcidamente el acertado camino de la cooperación productiva?


El desafío de la vida

«El hombre que no vive a la altura de su tiempo vive por debajo de lo que sería su auténtica vida, es decir, falsifica o estafa su propia vida, la desvive».

 

Esto fue escrito en los años ‘30 por Ortega y Gasset en su ensayo Misión de la Universidad, estupenda obra de apenas sesenta y dos páginas en donde describe a la cultura como «el sistema de ideas vivas que cada tiempo posee, sistema que representa lo actual, lo nuevo superior de cada época».

Dice Ortega que la vida es un caos, una confusión en la que el hombre se pierde. Pero su mente reacciona ante esa sensación de naufragio y trabaja por encontrar caminos, es decir, ideas claras y firmes sobre el Universo, convicciones positivas sobre lo que son las cosas y el mundo. Este sistema de ideas es para Ortega la cultura, y advierte que quien quede por debajo de él, quien viva de ideas arcaicas, se condena a una vida menor, más difícil, penosa y tosca.

Expresa más adelante que la característica fundamental de la existencia es su urgencia: la vida es siempre urgente —enfatiza— y la cultura, que es la interpretación de la vida, es igualmente perentoria. La cultura tiene que ser, según este concepto, un sistema de ideas, que nos guíen en el laberinto de la vida.

«Cuando nos hallamos en una situación difícil —ejemplifica Ortega con su admirable claridad—, nos parece tener delante una selva tupida, enmarañada y tenebrosa por donde no podemos caminar, so pena de perdernos. Alguien nos explica la situación con una idea feliz, y entonces sentimos en nosotros una súbita iluminación. Es la luz de la evidencia. La maraña nos parece ahora ordenada, con líneas claras que asemejan a caminos francos abiertos en ellas. De ahí que vayan juntos los vocablos método (que quiere decir sendero) e Iluminación (ilustración). Lo que hoy llamamos hombre culto hace no más de un siglo se decía hombre ilustrado, esto es, hombre que ve a plena luz los caminos de la vida».


La misión del hombre culto

Pero, nos preguntamos nosotros, ¿dónde están aquí esos hombres ilustrados que han de guiarnos en la selva?

Antes de intentar responder esta pregunta analizaremos el concepto de «persona culta», pero cuidándonos de no confundirla con la caricatura habitual, pedantesca y vanidosa del majadero erudito, o erudito a la violeta, como llaman los españoles a la gente superficial que acumula conocimientos tan abrumadores como inservibles.

Una persona culta es un sintetizador del conocimiento universal, no solamente un erudito sino alguien que ha sabido compendiar, seleccionar lo más útil y esencial del conocimiento hasta obtener de ese cultivo un producto propio, único, individual. Una persona culta es quien ha perfeccionado sus facultades espirituales e intelectuales distinguiendo lo importante de lo superfluo en el inconmensurable campo del conocimiento humano; alguien que conoce desde la segunda ley de la termodinámica hasta el Clave bien temperado de Juan Sebastián Bach; que está familiarizado con lo trascendente de la literatura universal, de las ciencias y de las artes. Pero sobre todo, alguien que —además de todo eso— tiene una clara interpretación filosófica de la historia y domina las principales ideas políticas de su tiempo, incluyendo la más importante —producto genuino, si los hay, de la cultura de Occidente—: la cosmovisión de la libertad, y dentro de ella la más moderna de las ciencias sociales, la praxeología (ciencia de la acción humana) y dentro de la praxeología la teoría marginalista del valor.

Lo cual implica necesariamente, inevitablemente, reconocer la superioridad del orden social de la libertad sobre todos los sistemas conocidos.

Si la cultura es una síntesis, una selección valorativa del conocimiento, todo hombre culto termina por descubrir, tarde o temprano, los apasionantes principios de la filosofía de la libertad como único método (o sendero) para orientar a la sociedad extraviada y conducirla hacia la prosperidad.

Para Occidente, cultura y libertad son términos sinónimos, porque la historia de Occidente es la historia de la conquista de la libertad y porque la conciencia del hombre libre es, en última instancia, un estado cultural.

Ciertamente no todo liberal es un hombre culto, pero todo hombre culto es necesariamente, fatalmente, un liberal apasionado.

Estar a la altura de su tiempo, saber iluminar el camino de los pueblos, a eso llama Ortega «tener cultura».

 

Crisis cultural

Y ahora volvamos a la pregunta pendiente: ¿dónde están aquí esos hombres ilustrados que han de guiarnos en la selva?

No me propongo lastimar a nadie, pero debo decir que han quedado muy pocos hombres cultos en la Argentina. Y no los encontraremos (salvo excepciones, que por suerte las hay) ni en los partidos políticos, ni en el gobierno, ni en los medios masivos de comunicación, ni en los templos ni en las cátedras universitarias. Tal vez esta triste realidad se generó por desidia de nuestros políticos (como dijimos varios capítulos atrás), tal vez como siniestro e inconfesable proyecto de dominación, pero lo cierto es que nunca hubo tanta incultura en la República Argentina.

¿Qué otra explicación podría tener esta interminable decadencia? Nuestra crisis permanente no es ni económica, ni política, ni social, ni siquiera moral, es simplemente una crisis cultural.

Los políticos que debieran ejercer su función orientadora no sólo están incapacitados para iluminarnos el camino, sino que ellos mismos marchan a ciegas por la selva, descolgados de la realidad e impulsados por sus apetitos instintivos.

Aunque quisieran no podrían vivir a la altura de los tiempos. El imperativo moral de acabar con la pobreza será muy difícil de cumplir.

¿Cuál es la solución? Sólo una: trabajar incansablemente por las ideas, trabajar por la cultura.

 

 

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